Estudio avanzado para Maestros, con la "Guía de Estudio de la Biblia"

Letra Negra: Lección de la ES

Letra Azul: Espíritu de Profecía


Lección 7:  Para el 16 de Noviembre de 2019

  

Nuestro Dios perdonador  

 

 

Sábado 9 de noviembre

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Nehemías 9:1–3Daniel 9:4–19Nehemías 9:4–8Colosenses 1:1617Nehemías 9:9–38Romanos 5:6–8.

PARA MEMORIZAR:
“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Prov. 28:13).

Una vez terminada la Fiesta de los Tabernáculos (Sucot), los dirigentes reunieron nuevamente al pueblo. Acababan de celebrar; ahora era tiempo de retomar al asunto pendiente de la confesión y el arrepentimiento delante de Dios por sus pecados.

Sí, anteriormente, los dirigentes les habían dicho que dejaran de llorar y de estar tristes por sus faltas, pero eso no significa que el dolor y la confesión no sean importantes. Por lo tanto, ahora que habían celebrado las fiestas, era hora de una confesión adecuada.

El orden de los acontecimientos presentados aquí no significa necesariamente que esa sea la secuencia en la que siempre se experimenten el gozo y la confesión; tampoco significa que solo deba seguirse el orden inverso. Aunque naturalmente podemos seguir primero el orden de confesión, seguido de una celebración, tal vez la celebración de Dios en nuestra vida debería ser lo primero. Al fin y al cabo, Romanos 2:4 nos dice que es la “la bondad de Dios” (NTV) lo que nos lleva al arrepentimiento.

 

Espíritu de profecía

“El que encubre sus transgresiones, no prosperará; mas el que las confiesa y las abandona, alcanzará misericordia” Proverbios 28:13 (VM). Si los que esconden y disculpan sus faltas pudiesen ver cómo Satanás se alegra de ello, y los usa para desafiar a Cristo y sus santos ángeles, se apresurarían a confesar sus pecados, y a renunciar a ellos. De los defectos de carácter se vale Satanás para intentar dominar toda la mente, y sabe muy bien que si se conservan estos defectos, lo logrará. De ahí que trate constantemente de engañar a los discípulos de Cristo con su fatal sofisma de que les es imposible vencer. Pero Jesús aboga en su favor con sus manos heridas, su cuerpo quebrantado, y declara a todos los que quieran seguirle: “Bástate mi gracia”. 2 Corintios 12:9. “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Mateo 11:29, 30. Nadie considere, pues, sus defectos como incurables. Dios concederá fe y gracia para vencerlos (El conflicto de los siglos, p. 479).

 

Aquellos que miren durante un tiempo suficiente en el espejo divino para ver y despreciar sus pecados, su desemejanza con el manso y humilde Jesús, tendrán fuerza para vencer. Todos los que realmente creen, confesarán y olvidarán sus pecados. Cooperarán con Cristo en la obra de controlar sus tendencias al mal, hereditarias y cultivadas, para que el pecado no tenga dominio sobre ellos. Mirando a Jesús, el autor y consumador de su fe, serán transformados a su semejanza. Crecerán hasta la plena estatura de hombres y mujeres en Jesús. … Aquellos que realmente creen, que confiesan y olvidan sus pecados, llegarán a ser cada vez más semejantes a Cristo, hasta que en el cielo pueda decirse de ellos: “En él estáis cumplidos”. Colosenses 2:10 (Nuestra elevada vocación, p. 119).

 

El amor de Dios aún implora al que ha escogido separarse de él, y pone en acción influencias para traerlo de vuelta a la casa del Padre.

 

El hijo pródigo volvió en sí en medio de su desgracia. Fue quebrantado el engañoso poder que Satanás había ejercido sobre él. Se dio cuenta de que su sufrimiento era la consecuencia de su propia necedad, y dijo: “¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré, e iré a mi padre”. Desdichado como era, el pródigo halló esperanza en la convicción del amor de su padre. Fue ese amor el que lo atrajo hacia el hogar. Del mismo modo, la seguridad del amor de Dios constriñe al pecador a volverse a Dios. “Su benignidad te guía a arrepentimiento”. [Romanos 2:4]. La misericordia y compasión del amor divino, a manera de una cadena de oro, rodea a cada alma en peligro. El Señor declara: “Con amor eterno te he amado; por tanto te soporté con misericordia”. Jeremías 31:3. 

 

 

Domingo 10 de noviembre 

AYUNO Y ADORACIÓN 

Lee Nehemías 9:1 al 3. ¿Por qué el pueblo se separaba de todos los extranjeros?

Aunque Nehemías procuraba que el pueblo relacionara esta ocasión con el gozo, ahora condujo a la asamblea a ayunar. Se humillaron ante Dios, se arrojaron tierra sobre la cabeza y se vistieron con ropa áspera. Como los extranjeros no participaban del pecado colectivo del pueblo de Israel, los israelitas se apartaron de ellos, ya que los hebreos sabían que eran sus pecados los que debían ser perdonados. Reconocieron los pecados de su nación, que los habían llevado al exilio.

Sus oraciones colectivas y su confesión demostraron una profunda percepción de la naturaleza del pecado. Los israelitas podrían haberse enojado porque sus predecesores arruinaron a toda su nación y la condujeron al exilio. O podrían haberse quejado de las decisiones de sus líderes y por la falta de piedad que mostraron las generaciones anteriores, lo que los llevó a su situación actual: eran tan solo un grupito de repatriados. Sin embargo, en lugar de albergar odio y descontento, se volvieron a Dios con humildad y confesión.

Nehemías 9:3 nos informa que el pueblo leyó el Libro de la Ley un cuarto del día, y durante otro cuarto confesaron sus pecados y adoraron a Dios. Esta es la tercera lectura de la Torá. Leer la Torá es fundamental para la confesión, que debe fundamentarse en la verdad que proviene de Dios. Mediante la lectura de la Biblia, Dios se acerca a nosotros, y el Espíritu Santo puede hablarnos y enseñarnos. La verdad de su Palabra moldea nuestro pensamiento y comprensión, nos alienta y nos eleva. Los israelitas también se compungieron y lloraron, porque dedicar tiempo a estar en la santa presencia de Dios nos hace conscientes de su belleza y bondad, al tiempo que nos inculca lo increíble que es que el Creador del Universo decida estar con nosotros a pesar de nuestra indignidad. Por lo tanto, nos damos cuenta de que sin Dios en nuestra vida no diferimos de ninguno de nuestros antepasados en la fe. Solo cuando Dios obre en nosotros podremos ser lo que debemos ser.

Lee Daniel 9:4 al 19. Su oración, ¿de qué modo se aplica a nosotros hoy? La realidad de esta aplicación, ¿qué debería decirnos individualmente y como iglesia?

 

Espíritu de profecía 

Hay muchos profesos cristianos cuyas confesiones del pecado son similares a la de Acán. Reconocen su indignidad en forma general, pero rehúsan confesar los pecados cuya culpabilidad descansa sobre su conciencia, y que han provocado el enojo de Dios sobre su pueblo. Muchos ocultan así pecados de egoísmo, engaño, falta de honradez para con Dios y su prójimo, pecados en la familia y muchos otros que es adecuado confesar en público.

 

El genuino arrepentimiento proviene del reconocimiento del carácter ofensivo del pecado. Esas confesiones generales no son el fruto de una verdadera humillación del alma delante de Dios. Dejan al pecador con un espíritu de complacencia propia que los hace proseguir como antes, hasta que su conciencia se endurece y las advertencias que una vez lo sacudieron apenas producen un sentimiento de peligro, y después de un tiempo su conducta pecaminosa parece correcta…. Hay una gran diferencia entre admitir los hechos después de que se prueban, y confesar pecados que solo son conocidos por Dios y nosotros mismos (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 2, p. 991).

 

Vivimos en el período más solemne de la historia de este mundo. La suerte de las innumerables multitudes que pueblan la tierra está por decidirse. Tanto nuestra dicha futura como la salvación de otras almas dependen de nuestra conducta actual. Necesitamos ser guiados por el Espíritu de Verdad. Todo discípulo de Cristo debe preguntar seriamente: “¿Señor, qué quieres que haga?” Necesitamos humillarnos ante el Señor, ayunar, orar y meditar mucho en su Palabra, especialmente acerca de las escenas del juicio. Debemos tratar de adquirir actualmente una experiencia profunda y viva en las cosas de Dios, sin perder un solo instante. En torno nuestro se están cumpliendo acontecimientos de vital importancia; nos encontramos en el terreno encantado de Satanás. No durmáis, centinelas de Dios, que el enemigo está emboscado, listo para lanzarse sobre vosotros y haceros su presa en cualquier momento en que caigáis en descuido y somnolencia (El conflicto de los siglos, p. 586).

 

El Señor ha especificado el ayuno que ha elegido y que aceptará. Es el que da frutos para su gloria, de arrepentimiento, de consagración y de verdadera piedad.

 

En el ayuno que Dios ha escogido se pondrán en práctica misericordia, ternura y compasión. Se repudiará la avaricia y habrá arrepentimiento del fraude y de la opresión, y se renunciará a ellos. Se usarán toda la autoridad e influencia para ayudar a los pobres y oprimidos (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 4, p. 1171).

 

El profeta Daniel estaba muy cerca de Dios cuando lo buscaba confesando sus pecados y humillando su alma. No procuraba disculparse, sino que reconocía la plena extensión de su transgresión. En nombre de su pueblo, confesó pecados que él no había cometido, y buscó la misericordia de Dios para poder mostrar a sus hermanos sus pecados.

 

A todos los que lo buscan con verdadero arrepentimiento Dios da la seguridad: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” Isaías 44:22. 

 

 

Lunes 11 de noviembre

EL COMIENZO DE LA ORACIÓN

La respuesta del pueblo a la lectura de la Biblia fue una larga oración que relataba la bondad de Dios en contraste con la historia de la infidelidad de Israel. Se puede observar que la respuesta es más un sermón que una oración, porque casi todos los versículos tienen un paralelo en algún lugar de la Biblia.

 

Lee Nehemías 9:4 al 8. ¿Cuáles son los temas principales en los que se centró la oración en estos versículos iniciales y por qué?

 

En la primera parte de la oración, el pueblo bendice a Dios y, específicamente, su nombre. En la cultura hebrea, el nombre no era solo una forma de llamar a alguien, sino además le daba identidad a una persona. Por lo tanto, la alabanza del nombre de Dios es relevante porque le demuestra al mundo que este es un nombre digno de alabanza y honor. Es el nombre del Creador del Universo. La oración comienza con la adoración a Dios como el Creador y como aquel que “vivifica” todas las cosas (Neh. 9:6; ver además Col. 1:1617). La palabra “vivificar” viene de un verbo hebreo que significa “mantener vivo”.

 

El que creó todo es el que escogió a Abraham, un ser humano que no tenía nada de especial más que “un corazón fiel” (Neh. 9:8, NVI). 

Quizá parezca que a Abraham le faltó fe en muchas ocasiones, pero cuando se le pidió que sacrificara a su hijo no vaciló (ver Gén. 22). 

Aprendió a ser fiel no de la noche a la mañana, sino durante su largo andar con Dios. En el pensamiento hebreo, el “corazón” se refiere a la mente. En otras palabras, Abraham desarrolló la fidelidad en pensamiento y acción, y Dios lo reconoció por esto.

 

Las primeras frases de la oración se centran en Dios como (1) Creador, (2) Vivificador y (3) fiel a sus promesas. El pueblo primeramente recuerda quién es Dios: el Fiel que nos creó, el que da vida y siempre cumple sus promesas. Tener esto en mente nos ayuda a mantener la vida en perspectiva y aprender a confiar en él incluso en las situaciones más difíciles, cuando podría parecer que está lejos de nosotros y no se preocupa por nuestros problemas.

 

La doctrina de Dios como nuestro Creador, ¿por qué es tan esencial para nuestra fe? A fin de cuentas, ¿qué otra enseñanza es tan importante en comparación con esta, en la que Dios nos ordena dedicar una séptima parte de nuestra vida cada semana para recordarlo como nuestro Creador?

 

Espíritu de profecía  

Los levitas, en su himno registrado por Nehemías, cantaban: “Tú, oh Jehová, eres solo; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, y toda su milicia, la tierra y todo lo que está en ella, … tú vivificas todas estas cosas.” Nehemías 9:6.

 

En cuanto se refiere a este mundo, la obra de la creación de Dios está terminada, pues fueron “acabadas las obras desde el principio del mundo.” Hebreos 4:3. Pero su energía sigue ejerciendo su influencia para sustentar los objetos de su creación. Una palpitación no sigue a la otra, y un hálito al otro, porque el mecanismo que una vez se puso en marcha continúe accionando por su propia energía inherente; sino que todo hálito, toda palpitación del corazón es una evidencia del completo cuidado que tiene de todo lo creado Aquel en quien “vivimos, y nos movemos, y somos.” Hechos 17:28…. La mano de Dios dirige los planetas, y los mantiene en su puesto en su ordenada marcha a través de los cielos….

 

Las obras de la creación dan testimonio de la grandeza y del poder de Dios. “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos.” Salmos 19:1. Los que reciben la Palabra escrita como su consejera encontrarán en la ciencia un auxiliar para comprender a Dios. “Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas.” Romanos 1:20 (Patriarcas y profetas, pp. 107, 108).

 

Si queréis ver las evidencias de que hay un Dios contemplad a vuestro alrededor, al azar. El está hablando a vuestros sentidos e impresionando vuestra alma mediante sus obras creadas. Dejad que vuestros corazones reciban esas impresiones, y la naturaleza será para vosotros un libro abierto, y os enseñará la verdad divina a través de las cosas familiares. Los árboles elevados no serán considerados con indiferencia. Cada flor que se abre, cada hoja con sus venas delicadas, testificará de la habilidad infinita del gran Artista Maestro. Las rocas macizas y las elevadas montañas que se levantan a la distancia, no son el resultado de la casualidad. Hablan con silenciosa elocuencia de Aquel que se sienta en el trono del universo, exaltado y excelso. “Conocidas son a Dios desde el siglo todas sus obras”. Hechos 15:18. Todos sus planes son perfectos. ¡Cuánto pavor y reverencia debiera inspirar su nombre! (Nuestra elevada vocación, p. 253).

 

Jehová, el eterno, el que posee existencia propia, el no creado, el que es la fuente de todo y el que lo sustenta todo, es el único que tiene derecho a la veneración y adoración supremas. Se prohíbe al hombre dar a cualquier otro objeto el primer lugar en sus afectos o en su servicio. Cualquier cosa que nos atraiga y que tienda a disminuir nuestro amor a Dios, o que impida que le rindamos el debido servicio es para nosotros un dios (Patriarcas y profetas, p. 313).

 

 

Martes 12 de noviembre

LECCIONES DEL PASADO

Nehemías 9:9 al 22. ¿En qué se diferencia esta parte de la oración de la primera?

 

La oración pasa de alabar a Dios por su fidelidad a relatar la infidelidad contrastante de los israelitas en sus experiencias en Egipto y en el desierto. Esboza las diferentes cosas que Dios les dio a los israelitas; pero lamentablemente, la respuesta de los “padres” a esos regalos fue el orgullo, la obstinación y el desprecio por los actos divinos de misericordia en medio de ellos.

 

Reconocer el fracaso humano y la falta de verdadera devoción a Dios es un paso importante en la confesión y el arrepentimiento. Y, a pesar de que en estos pasajes se habla de gente muy distante de nosotros, nadie puede negar que cada uno de nosotros tiene un problema con esas mismas cuestiones.

 

Por supuesto, aquí es donde el evangelio interviene tanto para nosotros como para ellos. La confesión de nuestros pecados no nos salva; solo el sacrificio de Cristo en nuestro favor nos puede salvar. La confesión, junto con el arrepentimiento, es fundamental para percibir que solo en Cristo somos justificados. “Cuando por el arrepentimiento y la fe aceptamos a Cristo como nuestro Salvador, el Señor perdona nuestros pecados y nos libra de la penalidad prescrita para la transgresión de la Ley. El pecador aparece delante de Dios como una persona justa; goza del favor del Cielo, y por medio del Espíritu tiene comunión con el Padre y con el Hijo” (MS 3:217).

 

Al mismo tiempo, debido a que su bondad hace que confesemos nuestros pecados y nos arrepintamos de ellos, debemos resolver abandonarlos también, mediante el poder de Dios.

 

La conclusión es que Israel había sido rebelde, y que Dios había sido amante. Al mirar atrás, a lo que Dios hizo por la nación israelita, el pueblo recordó que Dios había hecho mucho por ellos en el pasado, y por ende seguiría cuidándolos en el presente y en el futuro. Por eso era tan importante para el pueblo recordar siempre cómo había actuado Dios en su historia. Cuando se olvidaban, allí era donde se metían en problemas.

 

Vuelve a pensar en ocasiones en las que estabas seguro de que Dios obró en tu vida. ¿Cómo puedes hallar consuelo en eso la próxima vez que te enfrentes a dificultades? ¿Cómo puedes aprender a confiar más en la bondad de Dios en los momentos en que te sientas completamente desanimado, decepcionado y con miedo al futuro?

 

Espíritu de profecía 

La historia de la vida de Israel en el desierto fue registrada en beneficio del Israel de Dios hasta la consumación de los siglos.

 

El relato de la forma como trató Dios a los peregrinos mientras iban de un lugar a otro, mientras pasaban hambre, sufrían sed y cansancio, y en las sorprendentes manifestaciones de su poder para auxiliarlos, está lleno de amonestaciones para su pueblo de la actualidad. Los diversos incidentes por los que pasaron los hebreos constituyeron una escuela donde se prepararon para actuar en su prometido hogar de Canaán. Dios quiere que su pueblo repase ahora, con corazón humilde y espíritu abierto, las pruebas por las cuales pasó el antiguo Israel, a fin de que pueda recibir instrucción y prepararse para la Canaán celestial (Cada día con Dios, p. 75).

 

En el capítulo noveno de Nehemías se registran las obras del Señor a favor de su pueblo, y se destacan los pecados de éste cuando se apartó de Dios. Esos pecados habían separado al pueblo de su Dios, y éste le había permitido caer bajo el dominio de naciones paganas.

 

Esta historia se ha registrado para nuestro beneficio. Lo que ha sucedido, sucederá, y necesitamos recurrir a Dios en busca de consejo. No debemos confiar en los consejos de los hombres. Necesitamos mayor discernimiento para que podamos distinguir entre la verdad y el error. La historia de los hijos de Israel muestra los resultados seguros de desviarse de los principios bíblicos hacia las costumbres y prácticas de los hombres. El Señor no apoyará ningún plan que satisfaga el egoísmo de los hombres y haga daño a la obra divina. No dejará prosperar las maquinaciones que aparten de la fidelidad a sus mandamientos. Él demanda que los talentos prestados al hombre éste los use para andar en su camino y hacer justicia y juicio, ya sea para derribar, o para restaurar y edificar. Dios no quiere que sigamos la sabiduría de los hombres que han desobedecido su Palabra y se han convertido a sí mismo en un baldón para sus prácticas y consejos (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 3, pp. 1156, 1157).

 

Dios requiere que confesemos nuestros pecados y humillemos nuestro corazón ante él. Pero al mismo tiempo debiéramos tenerle confianza como a un Padre tierno que no abandonará a aquellos que ponen su confianza en él… Dios no nos abandona debido a nuestros pecados. Quizá hayamos cometido errores y contristado a su Espíritu, pero cuando nos arrepentimos y vamos a él con corazón contrito, no nos desdeña. Hay estorbos que deben ser retirados. Se han fomentado sentimientos equivocados y ha habido orgullo, suficiencia propia, impaciencia y murmuraciones. Todo esto nos separa de Dios. Deben confesarse los pecados; debe haber una obra más profunda de la gracia en el corazón….

 

Quizá os parezca que sois pecadores y estáis perdidos, pero precisamente por eso necesitáis un Salvador. Si tenéis pecados que confesar, no perdáis tiempo. Los momentos son de oro. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. 1 Juan 1:9. Serán saciados los que tienen hambre y sed de justicia, pues Jesús lo ha prometido. ¡Precioso Salvador! Sus brazos están abiertos para recibirnos, y su gran corazón de amor espera para bendecirnos (La maravillosa gracia de Dios, p. 139).

 

 

Miércoles 13 de noviembre

LA LEY Y LOS PROFETAS

Lee Nehemías 9:23 al 31. ¿Cómo se describe a los israelitas en comparación con la “gran bondad” de Dios (Neh. 9:25)?

 

La siguiente parte de la oración/sermón se centra en la vida en Canaán cuando los israelitas poseyeron la tierra que Dios les había dado. Se les dio tierras, ciudades, viñedos y campos listos para usar, pero ellos dieron todo por sentado. Al final del versículo 25, se nos dice que “comieron, se saciaron y se deleitaron en [s]u gran bondad”. Saciarse es una expresión que aparece pocas veces en la Biblia (Deut. 32:15Jer. 5:28), y en cada una de ellas tiene una connotación negativa.

 

El pueblo podría haberse deleitado “en [s]u gran bondad”, pero no se deleitó en Dios sino en todo lo que tenía. Aparentemente, tener todo no produce una estrecha comunión con Dios. Muchas veces pensamos: Si tan solo tuviera esto o aquello, entonces sería feliz. Desgraciadamente, vemos que los israelitas recibieron todo de Dios y, sin embargo, su “felicidad” por esas cosas solo los hacía menos consagrados a Dios. Muy a menudo es demasiado fácil que nos concentremos en los dones mientras que nos olvidamos del Dador. 

Este es un engaño fatal.

 

Por supuesto, esto no significa que no podamos alegrarnos por las cosas que Dios nos ha dado. Él desea que nos regocijemos en sus dones, pero este gozo en las cosas que él nos da no garantiza una relación con Dios. De hecho, si no prestamos atención, estas cosas pueden convertirse en un obstáculo.

 

No obstante, en este capítulo, los dirigentes confesaron de qué manera habían sido infieles a Dios. Al repasar su historia, mencionaron específicamente las transgresiones que habían cometido como nación. Algunos aspectos se destacan como especialmente importantes, porque se repiten: (1) Israel desechó la Ley de Dios y (2) persiguió a los profetas.

 

En otras palabras, se dieron cuenta de que la Ley de Dios y sus profetas eran esenciales para su desarrollo como nación piadosa y como personas. La oración enfatiza esta conclusión al afirmar que, “si el hombre hiciere” los mandamientos de Dios, “en ellos vivirá” (Neh. 9:29; cita directa de Lev. 18:5), y al destacar que fue el Espíritu el que habló a través de los profetas. Dios nos ha dado sus mandamientos para una vida abundante, y envió a sus profetas para guiarnos en nuestra comprensión de la verdad. Lo que hacemos con estos dones es esencial para todos nosotros.

 

Espíritu de profecía 

Sería una escena muy agradable para Dios y los ángeles el que sus seguidores de esta generación se unieran como lo hizo el Israel de antaño [se refiere especialmente al reavivamiento de los días de Nehemías], en un pacto solemne, para guardar y cumplir “todos los mandamientos, decretos y estatutos de Jehová nuestro Señor” (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 3, p. 1157).

 

Nuestro Dios es un Padre tierno y misericordioso. Su servicio no debe mirarse como una cosa que entristece, como un ejercicio que desagrada. Debe ser un placer adorar al Señor y participar en su obra. Dios no quiere que sus hijos, a los cuales proporcionó una salvación tan grande, obren como si El fuera un amo duro y exigente. El es nuestro mejor amigo; y cuando le adoramos quiere estar con nosotros, para bendecirnos y confortarnos llenando nuestro corazón de alegría y amor. El Señor quiere que sus hijos hallen consuelo en servirle y más placer que fatiga en su obra. El quiere que quienes vengan a adorarle se lleven pensamientos preciosos acerca de su amor y cuidado, a fin de que estén alentados en toda ocasión de la vida y tengan gracia para obrar honrada y fielmente en todo (El camino a Cristo, p. 103).

 

Los bienes de su Señor habían sido confiados al mayordomo infiel con propósitos de benevolencia; pero éste los había usado para sí. Así también había hecho Israel. Dios había elegido la simiente de Abrahán. Con brazo poderoso la había librado de la servidumbre de Egipto. La había hecho depositaria de la verdad sagrada para bendición del mundo. Le había confiado los oráculos vivos para que comunicase la luz a otros. Pero sus mayordomos habían empleado estos dones para enriquecerse y exaltarse a sí mismos….

 

Así sucedía en los días de Cristo, y así sucede hoy. Miremos la vida de muchos de los que aseveran ser cristianos. El Señor los ha dotado de capacidad, poder e influencia; les ha confiado dinero, a fin de que sean colaboradores con él en la gran redención. Todos estos dones han de ser empleados en beneficiar a la humanidad, en aliviar a los dolientes y menesterosos. Debemos alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos, cuidar de la viuda y los huérfanos, servir a los angustiados y oprimidos. Dios no quiso nunca que existiese la extensa miseria que hay en el mundo. Nunca quiso que un hombre tuviese abundancia de los lujos de la vida mientras que los hijos de otros llorasen por pan….

 

Las riquezas debidamente empleadas realizarán mucho bien. Se ganarán almas para Cristo. El que sigue el plan de vida de Cristo verá en las cortes celestiales a aquellos por quienes ha trabajado y se ha sacrificado en la tierra (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 303, 307).

 

 

Jueves 14 de noviembre

ALABANZA Y PETICIÓN

Lee Nehemías 9:32 al 38. ¿En qué se centra la conclusión de la oración de confesión?

 

Una vez más, la oración recurre a la alabanza a Dios por lo que él es: grande, fuerte y temible, que guarda el pacto y la misericordia. Parecen sinceros en su reconocimiento de la bondad de Dios hacia ellos.

 

También presentan una petición en forma de pacto con Dios, que se describe en detalle en el capítulo 10. ¿Cuál es su petición?
“Ahora, Dios nuestro –Dios grande, poderoso y temible que cumple su pacto de amor inagotable–, no permitas que todas las privaciones que hemos sufrido te parezcan insignificantes” (Neh. 9:32, NTV).

 

La comunidad tiene que pagar tributo a los reyes que están sobre ellos. La opresión está asolando al grupito de israelitas por todos lados, y están cansados de eso. Han tenido que soportar una tiranía tras otra, y esperan un alivio.

 

Curiosamente, se dicen“siervos”. Después de delinear la infidelidad de su nación, terminan refiriéndose a sí mismos con esa palabra. Los siervos, por supuesto, obedecen a los que están sobre ellos. El uso de este término, por ende, implica que reconocen que necesitan obedecer al Señor de una forma que quienes vinieron antes que ellos no lo hicieron. Esta es una expresión de su deseo de ser fieles al Señor y a sus mandamientos. Y, como siervos de Dios, le piden que intervenga en su favor.

 

La comunidad de Esdras y Nehemías describe su experiencia actual como “en grande angustia” (Neh. 9:37), que puede compararse con la aflicción que los israelitas experimentaron en Egipto (Neh. 9:9). La oración alaba a Dios porque él vio su aflicción en Egipto y no los ignoró. La comunidad ahora le está pidiendo a Dios que intervenga como lo hizo en el pasado, aunque no lo merezcan, porque nadie (reyes, príncipes, sacerdotes, profetas, padres) fue fiel. Por lo tanto, confían solo en la gracia y la misericordia de Dios hacia ellos, y no en ellos mismos ni en las obras de sus antepasados, con la esperanza de que el Señor intervenga en su favor.

 

Lee Romanos 5:6 al 8. ¿Cómo reflejan estos versículos lo que los israelitas le pedían a Dios? ¿Qué consuelo podemos obtener de lo que los israelitas pedían y de lo que Pablo dijo en Romanos?

 

Espíritu de profecía 

Acabado el canto de alabanza, los dirigentes de la congregación relataron la historia de Israel, para demostrar cuán grande había sido la bondad de Dios hacia ellos, y cuán ingratos habían sido. Entonces toda la congregación pactó que guardaría todos los mandamientos de Dios. Habían sido castigados por sus pecados; ahora reconocían la justicia con que Dios los había tratado, y se comprometían a obedecer su ley. Y para que su pacto fuese una “fiel alianza” y se conservase en forma permanente como recuerdo de la obligación que habían asumido, fué escrito, y los sacerdotes, levitas y príncipes lo firmaron. Debía servir para recordar los deberes y proteger contra la tentación. Los del pueblo juraron solemnemente “que andarían en la ley de Dios, que fué dada por mano de Moisés siervo de Dios, y que guardarían y cumplirían todos los mandamientos de Jehová nuestro Señor, y sus juicios y sus estatutos.” (Profetas y reyes, p. 491).

 

No porque le hayamos amado primero nos amó Cristo a nosotros; sino que “siendo aún pecadores,” él murió por nosotros. No nos trata conforme a nuestros méritos. Por más que nuestros pecados hayan merecido condenación no nos condena. Año tras año ha soportado nuestra flaqueza e ignorancia, nuestra ingratitud y malignidad. A pesar de nuestros extravíos, de la dureza de nuestro corazón, de nuestro descuido de su Santa Palabra, nos alarga aún la mano….

 

Por medio de Jesucristo, el Señor Dios tiende siempre su mano en señal de invitación a los pecadores y caídos. A todos los quiere recibir. A todos les da la bienvenida. Se gloría en perdonar a los mayores pecadores. Arrebatará la presa al poderoso, libertará al cautivo, sacará el tizón del fuego. Extenderá la cadena de oro de su gracia hasta las simas más hondas de la miseria humana, y elevará al alma más envilecida por el pecado (El ministerio de curación, p. 119).

 

Todo lo que Dios podía hacer lo ha hecho para manifestar su amor y misericordia para vosotros. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Por lo tanto descansad en la seguridad del amor de Dios… Dios no nos amó porque le hayamos amado primero; sino porque “siendo aún pecadores”, Cristo murió por nosotros, haciendo una provisión plena y abundante para nuestra redención. Aunque por causa de la desobediencia merecíamos el desagrado y la condenación de Dios, él no nos abandonó para dejarnos que lucháramos contra el poder del enemigo con nuestra propia fortaleza finita. Los ángeles santos luchan por nosotros, y si cooperamos con ellos, podremos ser victoriosos sobre los poderes del mal… Si nos acercamos a él por fe, él se acercará a nosotros, nos adoptará en su familia, y nos hará hijos e hijas suyos (Hijos e hijas de Dios, p. 55).

 

 

Viernes 15 de noviembre

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

Lee Elena de White, El camino a Cristo, “Confesión”, pp. 37-41.

 

En Nehemías 9:25, los hebreos mencionaron cuánto “se deleitaron” sus antepasados en la gran bondad de Dios. La raíz verbal es la misma que el nombre de Edén, como en el “huerto de Edén” (Gén. 2:15). Tal vez, la mejor traducción sería “se edenizaron”, suponiendo que edenizar fuese un verbo.

 

A fin de cuentas, el evangelio es restauración, y ¿qué mejor símbolo que el Edén para representar aquello a lo que finalmente seremos restaurados? Dios estableció al pueblo hebreo y lo puso en la intersección del mundo antiguo para crear el reflejo más parecido al Edén que pudiera existir en una Tierra caída. Incluso después del cautiverio y el regreso, el potencial seguía allí. “Sin duda, el Señor consolará a Sión; consolará todas sus ruinas. Convertirá en un Edén su desierto” (Isa. 51:3, NVI).

 

Sí, el pueblo disfrutaba de las bendiciones materiales que el Señor le había prometido; bendiciones que, dentro de lo posible en un mundo caído, evocaban la abundancia del Edén. Y eso estaba bien. Se suponía que debían disfrutarlas. Dios creó el mundo físico precisamente para que la humanidad pudiera disfrutarlo, y el antiguo Israel, bendecido por Dios, también lo disfrutaba. Su pecado no consistía en “edenizarse” en la gran bondad de Dios, sino en olvidarse del Señor (Eze. 23:35), cuya bondad disfrutaban. Las bendiciones se convirtieron en un fin en sí mismas en lugar de un medio para un fin, que era revelar a Dios a quienes los rodeaban.

 

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

 

1. Jesús había dicho: “El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa” (Mat. 13:22). ¿Qué quiere decir con “el engaño de las riquezas” y cómo se asocia con la oración de confesión que estudiamos esta semana?

 

2. Reflexiona en la doctrina de la Creación. Observa la oración de Nehemías 9, que casi de inmediato menciona al Señor como Creador y Sustentador. ¿Qué nos dice eso acerca de cuán fundamental es esta doctrina para nuestra fe?

 

3. ¿Cómo logramos el equilibrio correcto de reconocer nuestra pecaminosidad innata y, al mismo tiempo, no permitir que Satanás la use para desanimarnos y hacernos abandonar nuestra fe por completo? 

 

Espíritu de profecía

El camino a Cristo, “Para obtener la paz interior”, pp. 37-41.

Cada día con Dios, “Puedes vencer”, p. 256. 

 

 

 

Edición para Maestros 

 

RESEÑA

Texto clave: Nehemías 9:17

 

Enfoque del estudio: Nehemías 9

Nehemías 9 registra una oración de confesión por parte del pueblo de Israel. El día 24 del séptimo mes, los israelitas se reunieron nuevamente para un período de confesión, oración y ayuno.

Una vez más, el día comienza con la lectura del Libro de la Ley. La inmersión en la Palabra de Dios es convincente; corporativamente, el pueblo acude a Dios arrepentido. No obstante, no solo se arrepiente de sus pecados del momento, sino también de los pecados de la nación a lo largo de su historia.
Ellos relatan todo lo que la nación ha hecho desde los tiempos de Abraham al no seguir a Dios. Esto muestra un patrón de dificultades para andar con Dios, hasta abandonarlo. Sin embargo, Dios se acerca a ellos vez tras vez y los rescata. Admirablemente, las lecturas de la Torá los llevan a reconstruir una historia del fracaso humano y el triunfo de Dios. La oración comienza y termina con alabanzas a Dios, mientras también le piden que intervenga una vez más en su favor.
Se les recordó que, así como Dios fue fiel en el pasado, continuará cuidándolos ahora. A pesar de las dificultades que soportan en su tierra natal mientras construyen el Templo, los muros y la ciudad, Dios los ve y no los abandonará. Al final, se comprometen a firmar un pacto con Dios.

COMENTARIO

Estructura de Nehemías 9

1. El pueblo lee del Libro de la Ley (Neh. 9:1-3)

2. Oración de confesión (Neh. 9:4-38)

  • a. Alabanzas a Dios (Neh. 9:4-8).
  • b. La fidelidad de Dios a pesar de la infidelidad de Israel en Egipto y en el desierto (Neh. 9:9-22).
  • c. La bondad de Dios, a pesar de la infidelidad de Israel en la tierra de Canaán (Neh. 9:23-31).
  • d. Alabanzas y peticiones a Dios (Neh. 9:32-38).

Lectura del Libro de la Ley

La ocasión estuvo bien organizada: los levitas leyeron las Escrituras durante una cuarta parte del día y luego, durante varias horas más, el pueblo confesó sus pecados y errores, y adoró a Dios. Imagina la poderosa experiencia de leer la Biblia o escucharla durante muchas horas seguidas, seguida de confesión y alabanzas a Dios por varias horas más, lo que parece casi increíble para una asamblea tan grande. Esa devoción requería una atención increíble y una sed increíble de Dios.

 

Quizá lo que llevó al pueblo a buscar a Dios con perseverancia haya sido el deseo de ver a Dios actuando. Ellos estaban preocupados. Su ansiedad se demuestra en la petición de su oración: “No permitas que todas las privaciones que hemos sufrido te parezcan insignificantes” (Neh. 9:32, NTV). En otras palabras, el pueblo le está pidiendo a Dios que no pase por alto todo lo que le estuvo sucediendo: las naciones vecinas no los reciben en su propia tierra; han soportado persecución; y se están esforzando mucho, tratando de reconstruir su ciudad amada. Le piden a Dios que intervenga, que actúe, que vea, que oiga y que responda. Al final de la reunión, los líderes invitan a toda la asamblea a ponerse de pie. Entonces, comienzan a clamar al Señor y elevan la oración registrada en Nehemías 9:5 al 38, que está entre las mejores oraciones registradas en la Biblia.

Oración de confesión

Las oraciones públicas colectivas, las confesiones, registradas en Nehemías 9, demuestran una profunda comprensión de la naturaleza del pecado, al igual que el reconocimiento de su falta de amor por el prójimo. El pueblo ayunó y se echó polvo sobre la cabeza, señales externas de humildad ante Dios. El planteamiento humilde de los pecados pasados de la nación demostró que los cautivos repatriados se daban cuenta de la facilidad con que podían caer en el mismo curso de desobediencia e infidelidad a Dios que sus antepasados. No querían repetir el ciclo.

 

Los israelitas reconocieron los pecados de su nación que los habían llevado al exilio. Habían expulsado a Dios de su vida; de hecho, dijeron: “¡Dios, no te queremos!” Como Dios respeta nuestros deseos y no se impone sobre sus súbditos, dejó que su pueblo experimentara las consecuencias de rechazarlo. Quizá la mejor descripción de lo que sucede cuando expulsamos a Dios esté en el libro de Ezequiel. Este profeta pinta el cuadro de Dios saliendo de Israel después de enviar una advertencia tras otra al pueblo (Eze. 5:11; Eze. 8:6). Cuando el pueblo no lo quiere, Dios se marcha. Su Trono se muda al monte de los Olivos y, cuando su presencia abandona Jerusalén, la destrucción los alcanza (ver además Mat. 23:37, 38). Cuando se retira la protección de Dios, Satanás se instala, porque “como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Ped. 5:8).

 

Ahora el pueblo de Israel repasa todo lo que había hecho como nación. Se horrorizan de lo mal que siguieron a Dios. Además, cada uno es consciente de su propia insuficiencia al andar con Dios.

 

Sin embargo, también vieron un patrón en la fidelidad de Dios. Como en el libro de Ezequiel, su historia no termina cuando Dios sale de Jerusalén (Eze. 43:1-5; Eze. 48:35). Pero, cuando son deportados a Babilonia, Dios se muda con ellos a Babilonia. Él nunca dejaría a su pueblo. Permitió que se alejaran un poco para despertarlos y atraerlos a fin de que anden con él, pero nunca los soltó. Al final del libro de Ezequiel, promete llevarlos de regreso a Jerusalén y volver allí con ellos. Los cautivos repatriados percibieron que Dios se mudó con ellos al volver a la tierra de Israel. Él estaba con ellos.

 

En Nehemías 9:20, el pueblo señala que Dios le dio su “buen Espíritu” para enseñarle [sakhal]. La palabra ya apareció en el capítulo 8; significa “entender, ser prudente y sabio”. Dios da los mejores regalos. El Espíritu Santo no solo es concedido a los creyentes del Nuevo Testamento, sino también a los creyentes del Antiguo Testamento. El Espíritu Santo les fue dado para enseñarles y para hacerlos sabios. Eso es lo que el Espíritu Santo hace por nosotros cuando permitimos que nos “enseñe”. Dios les dio a los israelitas todo lo que querían y necesitaban (el Espíritu Santo, comida, agua, reinos, tierras, victorias en la guerra, cisternas, viñedos, olivares y árboles frutales). Sin embargo, el pueblo se deleitaba solo con las cosas que Dios le dio, en vez de deleitarse en Dios. Curiosamente, cuando los tiempos difíciles golpean y el pueblo clama a Dios, él lo vuelve a escuchar. ¿Por qué? Por su gran misericordia.

 

La oración comienza al dirigirse a Dios: “Tú” (Neh. 9:5, 6), y termina con “nosotros”, mientras el pueblo clama a Dios en su desesperación y fragilidad (Neh. 9:37, 38). El contraste entre la bondad y la fidelidad de Dios y el pecado humano no se puede minimizar. La confesión de los pecados cambia la situación. Después de identificarse con el pecado de sus antepasados, finalmente declararon: “Nosotros […] actuamos con maldad” (Neh. 9:33, NVI).

 

Aunque el tema del arrepentimiento por el pecado está entramado a lo largo de la oración, se enfatiza el tema de la misericordia de Dios. La palabra para misericordia es rakhamim, que significa “compasión, misericordia y piedad”. Viene de la palabra rekhem, que significa matriz de una madre. Así como la madre nutre y ama a su hijo, la palabra rakhamim demuestra que Dios tiene amor y compasión por sus hijos. La palabra misericordia se repite seis veces en Nehemías 9 (Neh. 9:17, 19, 27, 28; dos veces en 9:31).

 

Además, la palabra khesed aparece dos veces (Neh. 9:17, 32). Khesed generalmente se traduce como amor constante pero también puede traducirse como bondad o misericordia. La idea de la misericordia y el amor de Dios se contrasta con la infidelidad del pueblo. El pueblo aportó todo lo que tenía para su propio provecho; y sin embargo, Dios no lo abandonó. Eligió adorar a otros dioses; y no obstante, Dios no lo abandonó.

 

Como dice Nehemías 9:17: “Pero tú eres Dios que perdonas, clemente y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia, porque no los abandonaste”. Nuestro Dios siempre está dispuesto a perdonar y transformar nuestra vida.
Otra frase que los levitas repiten en la oración es “tú desde los cielos los oíste” (Neh. 9:27, 28). Cada vez que el pueblo clamaba a Dios, él siempre lo escuchaba. Dios espera que lo invoquemos. Cada vez que lo hacemos, él oye.

 

No ignora nuestras lágrimas o súplicas. A veces nos puede parecer que Dios guarda silencio porque no obtenemos las respuestas deseadas. Sin embargo, él se detiene cada vez que lo llamamos, como lo hizo con el ciego Bartimeo, que seguía llamando a Jesús porque quería ver (Mar. 10). Dios bajó al Monte Sinaí para hablar con el pueblo, aunque después este lo rechazó y en su lugar eligió un becerro de oro para adorar. ¿Por qué Dios nos busca sin cesar? Es porque anhela estar cerca de nosotros. Los israelitas reclamaron la promesa de que Dios siempre nos escucha. Como escuchó a sus antepasados, confían en que ahora también los escuchará a ellos y les responderá. Y así es.

APLICACIÓN A LA VIDA

Así como los israelitas se dieron cuenta de que podían aprender de las experiencias y los fracasos de sus antepasados, nosotros también podemos aprender de los israelitas hoy.

 

  • 1. ¿Qué iniciativas de los israelitas esbozadas en su oración crees que se destacan como algo que también debemos tener en cuenta hoy?
  • 2. ¿Qué ha hecho Dios por ti en el pasado? Escríbelo en un pedazo de papel o dibuja una línea de tiempo de su intervención en tu vida, siguiendo estas instrucciones:
    • a. Describe la vida de tu familia y su caminar con Dios. Dibuja los altibajos y ponles nombre. Retrocede en el tiempo lo más lejos que puedas, graficando lo que sucedió dentro de la familia. Marca el momento en que los diferentes miembros de la familia aceptaron a Cristo. ¿Qué notas en el dibujo?
    • b. Ahora, haz lo mismo con tu propia vida en un pedazo de papel.
      • 1. Escribe en qué puntos puedes ver claramente la conducción de Dios.
      • 2. ¿Ves algún patrón? Si es así, ¿cuál es?

Aunque nuestros fracasos son reales, la esperanza que tenemos es que Jesús tiene misericordia de nosotros y nos cubre con su justicia. Así como los israelitas tenían la promesa de la gran misericordia de Dios, también la tenemos nosotros hoy. ¿Qué puedes poner en las manos de Dios, sabiendo que Dios está lleno de misericordia y amor por ti?  

 

EL CAMINO A CRISTO

 

CAPÍTULO 4

Para Obtener la Paz Interior

 

"El que encubre sus transgresiones, no prosperará; mas quien las confiese y las abandone, alcanzará misericordia" (Proverbios 28: 13).

Las condiciones para obtener la misericordia de Dios son sencillas, justas y razonables. El Señor no nos exige que hagamos alguna cosa penosa para obtener el perdón de los pecados. No necesitamos hacer largas y cansadoras peregrinaciones, ni ejecutar duras penitencias, para encomendar nuestras almas al Dios de los cielos o para expiar nuestra transgresión; mas el que confiesa su pecado y se aparta de él, alcanzará misericordia.

 

El apóstol dice: "Confesad pues vuestros pecados los unos a los otros, y orad los unos por los otros, para que seáis sanados" (Santiago 5: 16). Confesad vuestros pecados a Dios, quien sólo puede perdonarlos, y vuestras faltas unos a otros. Si has dado motivo de ofensa a tu amigo o vecino, debes reconocer tu falta, y es su deber perdonarte libremente. Debes entonces buscar el perdón de Dios, porque el hermano a quien s ofendido pertenece a Dios y al perjudicarlo has pecado contra su Creador y Redentor. Debemos presentar el caso delante del único y verdadero Mediador, nuestro gran Sumo Sacerdote, que "ha sido tentado en todo punto, así como nosotros, mas sin pecado" que es capaz de compadecerse de nuestras flaquezas" (Hebreos 4: 15) y es poderoso para limpiarnos de toda mancha de pecado.

 

Los que no se han humillado de corazón delante de Dios reconociendo su culpa, no han cumplido todavía la primera condición de la aceptación. Si no hemos experimentado ese arrepentimiento, del cual nadie se arrepiente, y no hemos confesado nuestros pecados con verdadera humillación de alma y quebrantamiento de espíritu, aborreciendo nuestra iniquidad, no hemos buscado verdaderamente el perdón de nuestros pecados; y si nunca lo hemos buscado, nunca hemos encontrado la paz de Dios. La única razón porque no obtenemos la remisión de nuestros pecados pasados es que no estamos dispuestos a humillar nuestro corazón y a cumplir con las condiciones de la Palabra de verdad. Se nos dan instrucciones explícitas tocante a este asunto. La confesión de nuestros pecados, ya sea pública o privada, debe ser de corazón y voluntaria. No debe ser arrancada al pecador. No debe hacerse de un modo ligero y descuidado o exigirse de aquellos que no tienen real comprensión del carácter aborrecible del pecado. La confesión que brota de lo íntimo del alma sube al Dios de piedad infinita. El salmista dice: "Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu contrito" (Salmo 34: 18).

 

La verdadera confesión es siempre de un carácter específico y declara pecados particulares. Pueden ser de tal naturaleza que solamente pueden presentarse delante de Dios. Pueden ser males que deben confesarse individualmente a los que hayan sufrido daño por ellos; pueden ser de un carácter público y, en ese caso, deberán confesarse públicamente. Toda confesión debe hacerse definida y al punto, reconociendo los mismos pecados de que seáis culpables.

 

En los días de Samuel los israelitas se extraviaron de Dios. Estaban sufriendo las consecuencias del pecado; porque habían perdido su fe en Dios, el discernimiento de su poder y su sabiduría para gobernar a la nación y su confianza en la capacidad del Señor para defender y vindicar su causa. Se apartaron del gran Gobernante del universo y quisieron ser gobernados como las naciones que los rodeaban. Antes de encontrar paz hicieron esta confesión explícita: "Porque a todos nuestros pecados hemos añadido esta maldad de pedir para nosotros un rey" (1 Samuel 12: 19). Tenían que confesar el mismo pecado del cual estaban convencidos. Su ingratitud oprimía sus almas y los separaba de Dios.

 

Dios no acepta la confesión sin sincero arrepentimiento y reforma. Debe haber un cambio decidido en la vida; toda cosa que sea ofensiva a Dios debe dejarse. Esto será el resultado de una verdadera tristeza por el pecado. Se nos presenta claramente la obra que tenemos que hacer de nuestra parte: "¡Lavaos, limpiaos; apartad la maldad de vuestras obras de delante de mis ojos; cesad de hacer lo malo; aprended a hacer lo bueno; buscad lo justo; socorred al oprimido; mantened el derecho del huérfano defended la causa de la viuda!" (Isaías 1: 16, 17) "Si el inicuo devolviere la prenda, restituyere lo robado, y anduviere en los estatutos de la vida, sin cometer iniquidad, ciertamente vivirá; no morirá" (Ezequiel 33: 15). San Pablo dice, hablando de la obra de arrepentimiento: "Pues, he aquí, esto mismo, el que fuisteis entristecidos según Dios, ¡qué solícito cuidado obró en vosotros! y qué defensa de vosotros mismos! y ¡qué indignación! y ¡qué temor! y ¡qué ardiente deseo! y ¡qué celo! y ¡qué justicia vengativa! En todo os habéis mostrado puros en este asunto" (2 Corintios 7: 11).

 

Cuando el pecado ha amortiguado la percepción moral, el injusto no discierne los defectos de su carácter, ni comprende la enormidad del mal que ha cometido y, a menos que ceda al poder convincente del Espíritu Santo, permanecerá parcialmente ciego sin percibir su pecado. Sus confesiones no son sinceras ni de corazón. Cada vez que reconoce su maldad trata de excusar su conducta declarando que si no hubiese sido por ciertas circunstancias, no habría hecho esto o aquello, de lo que se lo reprueba.

 

Después de que Adán y Eva hubieron comido de la fruta prohibida, los embargó un sentimiento de vergüenza y terror. Al principio solamente pensaban en cómo podrían excusar su pecado y escapar de la terrible sentencia de muerte. Cuando el Señor les habló tocante a su pecado, Adán respondió, echando la culpa en parte a Dios y en parte a su compañera: "La mujer que pusiste aquí conmigo me dio del árbol, y comí". La mujer echó la culpa a la serpiente, diciendo: "La serpiente me engañó, y comí" (Génesis 3: 12, 13) ¿Por qué hiciste la serpiente? ¿Por qué le permitiste que entrase en el Edén? Esas eran las preguntas implicadas en la excusa de su pecado, haciendo así a Dios responsable de su caída. El espíritu de justificación propia tuvo su origen en el padre de la mentira y ha sido exhibido por todos los hijos e hijas de Adán. Las confesiones de esta clase no son inspiradas por el Espíritu divino y no serán aceptables para Dios. El arrepentimiento verdadero induce al hombre a reconocer su propia maldad, sin engaño ni hipocresía. Como el pobre publicano que no osaba ni aun alzar sus ojos al cielo, exclamará: "Dios, ten misericordia de mí, pecador", y los que reconozcan así su iniquidad serán justificados, porque Jesús presentará su sangre en favor del alma arrepentida.

 

Los ejemplos de arrepentimiento y humillación genuinos que da la Palabra de Dios revelan un espíritu de confesión sin excusa por el pecado, ni intento de justificación propia. San Pablo no procura defenderse; pinta su pecado como es, sin intentar atenuar su culpa. Dice: "Lo cual también hice en Jerusalén, encerrando yo mismo en la cárcel a muchos de los santos habiendo recibido autorización de parte de los jefes de los sacerdotes; y cuando se les daba muerte, yo echaba mi voto contra ellos. Y castigándolos muchas veces, por todas las sinagogas, les hacia fuerza para que blasfemasen; y estando sobremanera enfurecido contra ellos, iba en persecución de ellos hasta las ciudades extranjeras". (Hechos 26: 10, 11). Sin vacilar declara: "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores; de los cuales yo soy el primero" (1 Timoteo 1: 15). El corazón humilde y quebrantado, enternecido por el arrepentimiento genuino, apreciará algo del amor de Dios y del costo del Calvario; y como el hijo se confiesa a un padre amoroso, así presentará el que esté verdaderamente arrepentido todos sus pecados delante de Dios. "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda iniquidad' (1 S. Juan 1: 9). 

Cada Día con Dios

Página 256

 

PUEDES VENCER, 6 DE SEPTIEMBRE

 

A ti, oh Dios de mis padres, te doy gracias y te alabo, porque me has dado sabiduría y fuerza. Daniel 2:23.

En esta época de maravillas satánicas se hará y se dirá todo lo imaginable para engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos. No digan nada los creyentes para exaltar el poder de Satanás. El Señor distinguirá a su pueblo guardador de sus mandamientos con señales distintivas de su favor, si quiere ser modelado por su espíritu y edificado en la santísima fe mediante la estricta obediencia a la voz de su palabra.

 

Humillemos nuestras almas delante de Dios. Trabajemos con la mira puesta en su gloria. Esté su alabanza siempre en nuestros labios, porque los beneficios que nos concede se renuevan diariamente y debieran ser reconocidos mediante acción de gracias. Dios es paciente, tierno y misericordioso. Si nos tratara de acuerdo con nuestra perversidad, nuestra locura, nuestra conducta imprevisible, nuestra volubilidad, ¿dónde estaríamos? Pero “él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo”. Salmos 103:14. Recuerda que nadie es autosuficiente para resistir a este terrible enemigo. Ocúltate en Dios y asegúrate que el Espíritu Santo está contigo. Podrás vencer al enemigo sólo si el Señor va delante de ti.

 

Si subsistimos en el gran día del Señor, con Cristo como nuestro refugio y nuestra fortaleza, debemos abandonar toda envidia y toda contienda por la supremacía. Debemos destruir completamente la raíz de estas cosas impías para que no puedan surgir de nuevo a la vida. Debemos ponernos plenamente del lado del Señor...

 

Busca la justicia y ocúltate bajo el amplio escudo de la omnipotencia. Es tu única seguridad. Dios te invita a buscarlo con humildad de corazón. Lee la oración de Daniel y verifica si tu experiencia será capaz de resistir la prueba de fuego. Dios bendecirá ricamente a los que se humillan delante de él...

 

Carta 195, del 6 de septiembre de 1903

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Comentarios de Jonathan Gallagher
Jonathan Gallagher es un ministro ordenado de la Iglesia Adventista trabajó por siete años en una iglesia en Inglaterra –su tierra natal–, seguidos por ocho años de administración eclesiástica. Cuenta con un doctorado en divinidad de la Universidad de St. Andrews en Escocia y es autor de siete libros y numerosos artículos. Está casado con Ana Gonçalves y tiene dos hijos adultos, Paul y Rebekah
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