Estudio avanzado para Maestros, con la "Guía de Estudio de la Biblia"

Letra Negra: Lección de la ES

Letra Azul: Espíritu de Profecía


Lección 4:  Para el 25 de enero de 2020

  

Del horno ardiente al palacio  

 

 

 

Sábado 18 de enero

 

Lee Para el Estudio de esta Semana: Daniel 3Apocalipsis 13:11–18Éxodo 20:3–6Deuteronomio 6:41 Corintios 15:12–26Hebreos 11.

Para Memorizar: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado. (Dan. 3:17-18).

“Así estos jóvenes, imbuidos del Espíritu Santo, declararon a toda la nación su fe de que el que ellos adoraban era el único Dios verdadero y viviente […] Para impresionar a los idólatras con el poder y la grandeza del Dios viviente, sus siervos deben mostrar su reverencia hacia Dios. Deben manifestar que él es el único objeto de su honra y adoración y que […] ni aun la preservación de su misma vida podrá inducirlos a hacer la menor concesión a la idolatría” (ELC 151). Aunque afrontar la amenaza de muerte debido a la cuestión de la adoración puede parecer algo de una época precientífica y supersticiosa, las Escrituras revelan que en el tiempo del fin, cuando el mundo haya progresado mucho, ocurrirá algo similar, pero a escala mundial. Por lo tanto, al estudiar esta historia, tenemos una vislumbre de las cuestiones que, según las Escrituras, enfrentarán los fieles de Dios.

Espíritu de Profecía 

Al hacer que los hombres violaran el segundo mandamiento, Satanás se propuso degradar el concepto que tenían del Ser divino. Anulando el cuarto mandamiento, les haría olvidar completamente a Dios. El hecho de que Dios demande reverencia y adoración por sobre los dioses paganos se funda en que él es el Creador, y que todas las demás criaturas le deben a él su existencia. Así lo presenta la Biblia. Dice el profeta Jeremías: “Jehová Dios es la verdad; él es Dios vivo y Rey eterno: … los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra, perezcan de la tierra y de debajo de estos cielos. El que hizo la tierra con su potencia, el que puso en orden el mundo con su saber, y extendió los cielos con su prudencia…. Todo hombre se embrutece y le falta ciencia; avergüéncese de su vaciadizo todo fundidor; porque mentira es su obra de fundición, y no hay espíritu en ellos; vanidad son, obras de escarnios: en el tiempo de su visitación perecerán. No es como ellos la suerte de Jacob: porque él es el Hacedor de todo”. Jeremías 10:10-16 (Patriarcas y profetas, p. 348).

 

Es demasiado cierto que la reverencia por la casa de Dios ha llegado casi a extinguirse. No se disciernen las cosas y los lugares sagrados, ni se aprecia lo santo y lo exaltado. ¿No falta en nuestra familia la piedad ferviente? ¿No se deberá a que se arrastra en el polvo el alto estandarte de la religión? Dios dio a su antiguo pueblo reglas de orden, perfectas y exactas. ¿Ha cambiado su carácter? ¿No es él el Dios grande y poderoso que rige en el cielo de los cielos? ¿No sería bueno que leyésemos con frecuencia las instrucciones dadas por Dios mismo a los hebreos, para que nosotros, los que tenemos la luz de la gloriosa verdad, imitemos su reverencia por la casa de Dios? Tenemos abundantes razones para conservar un espíritu ferviente y consagrado en el culto de Dios. Tenemos motivos para ser aun más reflexivos y reverentes en nuestro culto que los judíos. Pero un enemigo ha estado trabajando para destruir nuestra fe en el carácter sagrado del culto cristiano (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 468).

 

No debería tratarse con descuido e indiferencia nada que sea sagrado, que pertenezca al culto de Dios. Cuando se habla la palabra de vida, deberían recordar que están escuchando la voz de Dios a través de su siervo delegado. No pierdan esas palabras por falta de atención; si las atienden, impedirán que sus pies se extravíen por senderos equivocados (Mensajes para los jóvenes, p. 188).

 

 

Domingo 19 de enero

La imagen de oro 

Lee Daniel 3:1 al 7. ¿Qué es lo que probablemente motiva al rey a hacer esta estatua?

 

Es posible que hayan pasado unos veinte años entre el sueño y la construcción de la imagen. No obstante, parece que el rey ya no puede olvidar el sueño y el hecho de que Babilonia esté condenada a ser reemplazada por otros poderes. No satisfecho con ser solo la cabeza de oro, el rey quiere que una imagen íntegramente hecha de oro lo represente, para comunicar a sus súbditos que su reino perdurará a lo largo de la historia.

Esta actitud de orgullo nos recuerda a los constructores de la Torre de Babel, quienes, en su arrogancia, intentaron desafiar a Dios mismo. Nabucodonosor no es menos arrogante en este caso. Él ha logrado mucho como gobernante de Babilonia, y no puede hacerse a la idea de que su reino con el tiempo dejará de existir. Por ende, en un esfuerzo por autoexaltarse, construye una imagen para recordar su poder y evaluar, así, la lealtad de sus súbditos. Aunque quizá no sea claro si la imagen pretende representar al rey o a una deidad, debemos tener en cuenta que en la antigüedad las líneas que separaban la política de la religión a menudo eran confusas, o directamente no existían.

También debemos recordar que Nabucodonosor tuvo dos oportunidades para familiarizarse con el Dios verdadero. En primer lugar, examina a los jóvenes hebreos y los encuentra diez veces más sabios que los otros sabios de Babilonia. Más adelante, después de que todos los demás expertos no le hubieron podido recordar el sueño, Daniel le comunica los pensamientos de su mente, el sueño y su interpretación. Finalmente, el rey reconoce la superioridad del Dios de Daniel. Pero, evidentemente, esas lecciones de teología anteriores no impiden que Nabucodonosor vuelva a la idolatría. ¿Por qué? Lo más probable, por su orgullo. Los seres humanos pecaminosos se resisten a reconocer el hecho de que sus logros materiales e intelectuales son vanidad y están condenados a desaparecer. En ocasiones, podemos actuar como pequeños “Nabucodonosores”, ya que prestamos demasiada atención a nuestros logros y olvidamos lo insignificantes que pueden ser frente a la eternidad.

¿Cómo podemos aprender a no caer, incluso de maneras muy sutiles, en la misma trampa que Nabucodonosor?

 

Espíritu de Profecía 

El rey declaró a los tres jóvenes hebreos: “¿Estáis dispuestos para que … os postréis y adoréis la estatua que he hecho? Porque si no la adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?” Los jóvenes dijeron al rey: “No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado”. Daniel 3:15-18… Esos jóvenes fieles fueron echados al fuego, pero Dios manifestó su poder para librar a sus siervos. Uno semejante al Hijo de Dios caminaba con ellos en medio de las llamas, y cuando salieron, ni aun el olor del fuego los había tocado (En los lugares celestiales, p. 151).

 

La actitud debida cuando se ora a Dios consiste en arrodillarse. Se requirió este acto de culto de los tres hebreos cautivos en Babilonia… Pero ese acto constituía un homenaje que debe rendirse únicamente a Dios, Soberano del mundo y Gobernante del universo; y los tres hebreos rehusaron tributar ese honor a ningún ídolo, aunque estuviera hecho de oro puro. Al hacerlo así, se habrían estado postrando en realidad ante el rey de Babilonia. Al rehusar hacer lo que el rey había ordenado, sufrieron el castigo y fueron arrojados al horno de fuego ardiendo (Mensajes selectos, t. 2, p. 360).

 

La fuerza es el último recurso de toda religión falsa. Al principio emplea la atracción, así como el rey de Babilonia probó el poder de la música y la ostentación externa. Si esos atractivos, inventados por hombres inspirados por Satanás, no hacían que los hombres adoraran la imagen, las devoradoras llamas del horno estaban listas para consumirlos. Así será ahora [pronto]. El papado ha ejercido su poder para obligar a los hombres a que le obedezcan, y continuará haciéndolo. Necesitamos el mismo espíritu que fue manifestado por los siervos de Dios en el conflicto con el paganismo (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 987).

 

Nadie sino Dios puede subyugar el orgullo del corazón humano. No podemos salvarnos a nosotros mismos. No podemos regenerarnos a nosotros mismos. En los atrios del cielo no se cantará ningún cántico que diga: A mí que me he amado, que me he lavado, que me he redimido a mí mismo, a mí sea tributada la gloria, la honra, la bendición y la alabanza. Sin embargo, esta es la nota tónica del cántico que muchos entonan aquí en este mundo. No saben lo que significa ser manso y humilde de corazón; y no se proponen saberlo, si pueden evitarlo. Todo el evangelio consiste en que aprendamos de Cristo, su humildad y mansedumbre.

 

¿Qué es la justificación por la fe? Es la obra de Dios que abate en el polvo la gloria del hombre, y hace por el hombre lo que este no puede hacer por sí mismo (Testimonios para los ministros, p. 456). 

 

 

Lunes 20 de enero

El llamado a adorar 

Lee Daniel 3:8 al 15 y Apocalipsis 13:11 al 18. ¿Qué paralelismos podemos ver entre lo que sucedió en la época de Daniel y lo que ocurrirá en el futuro?

 

La imagen de oro sobre la llanura de Dura, cuyo nombre en acadio significa “lugar amurallado”, da a ese sitio amurallado la impresión de un vasto santuario. Como si no fuera suficiente, el horno cercano bien pudo evocar un altar. La música babilónica formaba parte de la liturgia. Se enumeran siete tipos de instrumentos musicales, como para transmitir la integridad y la eficacia del protocolo de adoración.

Hoy, somos bombardeados desde todos lados por llamados a adoptar nuevos estilos de vida, nuevas ideologías, y a abandonar nuestro compromiso con la autoridad de Dios como se expresa en su Palabra, y a rendir nuestra lealtad a los sucesores contemporáneos del Imperio Babilónico. El encanto del mundo a veces parece abrumador, pero debemos recordar que nuestra lealtad suprema pertenece al Dios Creador.

Según el calendario profético, estamos viviendo en los últimos días de la historia de la Tierra. Apocalipsis 13 anuncia que los habitantes de la Tierra serán llamados a adorar la imagen de la bestia. Esa entidad hará que a “todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano derecha, o en la frente” (Apoc. 13:16).

Se dice que seis categorías de personas son leales a la imagen de la bestia: “pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos”. El número de la bestia, que es 666, también enfatiza el seis. Esto muestra que la imagen erigida por Nabucodonosor es solo una ilustración de lo que hará la Babilonia escatológica en los últimos días (ver Dan. 3:1 para las imágenes de seis y sesenta). Por lo tanto, hacemos bien en prestar mucha atención a lo que sucede en este relato y cómo Dios soberanamente dirige los asuntos del mundo.

Adorar no es solo inclinarse ante algo o alguien y profesar abiertamente lealtad suprema. ¿De qué otras formas, mucho más sutiles, podemos terminar adorando algo que no sea a nuestro Señor?

 

Espíritu de Profecía 

Dura fue la prueba que arrostraron… estos jóvenes cuando Nabucodonosor publicó el edicto que obligaba a todos los funcionarios del reino a reunirse para la dedicación de la enorme imagen, y a arrodillarse y adorarla cuando sonaran los instrumentos de música. Si alguno desobedecía esa orden, inmediatamente sería arrojado en un horno ardiente. La idea de adorar esa imagen había nacido en el círculo de los sabios de Babilonia, quienes querían que los jóvenes hebreos se unieran a su culto idolátrico. Estos eran magníficos cantores, y los caldeos querían que olvidaran su Dios y aceptaran el culto de los ídolos babilónicos.

 

Llegó el día señalado, y cuando resonó la música, la inmensa muchedumbre que se había congregado obedeciendo la orden del rey, “se postraron, y adoraron la estatua de oro”. Pero estos jóvenes fieles no se arrodillaron (Mi vida hoy, p. 70).

 

El Señor se dio a conocer a los paganos de Babilonia mediante los cautivos hebreos. A esa nación idólatra se le dio un conocimiento del reino que el Señor iba a establecer y sostener mediante su poder contra todo el poder y la habilidad de Satanás. Daniel y sus compañeros, Esdras y Nehemías y muchos otros, fueron testigos de Dios en su cautiverio. El Señor los esparció entre los reinos de la tierra para que su luz pudiera resplandecer brillantemente en medio de las negras tinieblas del paganismo y la idolatría. Dios reveló a Daniel la luz de sus propósitos, que habían estado ocultos por muchas generaciones. Dispuso que Daniel contemplara en visión la luz de la verdad divina, y que reflejara esa luz sobre el orgulloso reino de Babilonia. Se permitió que desde el trono de Dios refulgiera luz sobre el despótico rey. Se mostró a Nabucodonosor que el Dios del cielo regía sobre todos los monarcas y reyes de la tierra. Su nombre debía publicarse como el de Dios que está por encima de todos los dioses. Dios anhelaba que Nabucodonosor comprendiera que los gobernantes de los reinos terrenales tenían un gobernante en los cielos. La fidelidad de Dios al rescatar a los tres cautivos de las llamas y al justificar la conducta de ellos, mostró el poder maravilloso de Dios (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 4, p. 1190).

 

Daniel y sus compañeros tenían una conciencia sin ofensa delante de Dios. Pero esto no se logra sin lucha. ¡Qué prueba significó para los tres amigos de Daniel la orden de adorar la gran imagen instalada por el rey Nabucodonosor en la llanura de Dura! Sus principios les prohibían rendir homenaje al ídolo, porque era un rival del Dios del cielo. Sabían que le debían a Dios toda facultad que poseían, y aunque sus corazones estaban llenos de generosa simpatía hacia todos los hombres, tenían la elevada aspiración de mantenerse enteramente leales a su Dios (En los lugares celestiales, p. 151). 

 

 

Martes 21 de enero 

La prueba de fuego 

Para los tres hebreos, adorar a la imagen impuesta por el rey es una falsificación flagrante de la adoración en el Templo de Jerusalén, que vivieron en sus primeros años. Aunque tienen cargos en el imperio y son leales al rey, su lealtad a Dios establece un límite a su lealtad humana. Ciertamente están dispuestos a continuar sirviendo al rey como administradores fieles, sin embargo, no pueden unirse a la ceremonia.

Lee Éxodo 20:3 al 6 y Deuteronomio 6:4. ¿Qué transmiten estos versículos que seguramente influyó en la postura que adoptaron estos hombres?

 

Todos siguen las instrucciones promulgadas por el rey y, al oír los instrumentos musicales, se inclinan y adoran la imagen de oro. Solo tres, Sadrac, Mesac y Abed-Nego, se atreven a desobedecer al rey. Inmediatamente, algunos babilonios ponen al rey en conocimiento. Los acusadores intentan enfurecer al rey diciendo: (1) fue el mismo rey quien puso a estos tres jóvenes sobre la provincia de Babilonia; (2) los judíos no sirven a los dioses del rey; y (3) no adoran la imagen de oro que el rey ha erigido (Dan. 3:12). Pero a pesar de enfurecerse contra ellos, el rey ofrece una segunda oportunidad a los tres hombres. El rey está dispuesto a repetir todo el procedimiento para que estos hombres puedan retractarse de su posición y adorar a la imagen. Si se niegan, serán arrojados al horno de fuego. Y Nabucodonosor cierra su apelación con una afirmación sumamente arrogante: “¿Y qué dios será aquel que os libre de mis manos?” (Dan. 3:15).

Dotados de valor sobrenatural, responden al rey: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado” (Dan. 3:1718).

Aunque saben que su Dios puede librarlos, no tienen la garantía de que lo hará. Sin embargo, se niegan a obedecer el mandato del rey, incluso sabiendo que podrían ser quemados vivos. ¿De dónde obtenemos esa clase de fe?

 

Espíritu de Profecía 

Jehová, el eterno, el que posee existencia propia, el no creado, el que es la fuente de todo y el que lo sustenta todo, es el único que tiene derecho a la veneración y adoración supremas. Se prohíbe al hombre dar a cualquier otro objeto el primer lugar en sus afectos o en su servicio. Cualquier cosa que nos atraiga y que tienda a disminuir nuestro amor a Dios, o que impida que le rindamos el debido servicio es para nosotros un dios.

 

“No harás para ti imagen de escultura, ni figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni de las que hay en las aguas debajo de la tierra. No las adorarás ni rendirás culto”.

 

Este segundo mandamiento prohíbe adorar al verdadero Dios mediante imágenes o figuras. Muchas naciones paganas aseveraban que sus imágenes no eran más que figuras o símbolos mediante los cuales adoraban a la Deidad; pero Dios declaró que tal culto es un pecado. El tratar de representar al Eterno mediante objetos materiales degrada el concepto que el hombre tiene de Dios. La mente, apartada de la infinita perfección de Jehová, es atraída hacia la criatura más bien que hacia el Creador, y el hombre se degrada a sí mismo en la medida en que rebaja su concepto de Dios (Patriarcas y profetas, p. 313).

 

Los héroes hebreos no pudieron ser consumidos porque la presencia del cuarto, el Hijo de Dios, estaba con ellos. Por consiguiente, en el día del Señor el humo y las llamas no tendrán poder para dañar a los justos. Los que estén unidos al Señor escaparán ilesos. Terremotos, huracanes, fuego e inundaciones no pueden dañar a quienes están preparados para encontrarse con su Salvador en paz. Pero quienes lo rechazaron, azotaron y crucificaron se hallarán entre los que sean levantados de los muertos para contemplar su venida en las nubes de los cielos, asistido por la hueste celestial, diez mil veces diez mil y miles de miles (Alza tus ojos, p. 259).

 

Confesar a Cristo significa más que dar un testimonio en una reunión.

 

Tenemos que realizar una confesión diferente de aquella que hemos estado haciendo; y tendremos que hacerla bajo diferentes circunstancias. Los tres hebreos fueron llamados a confesar a Cristo frente al horno de fuego.

 

Si a vosotros se os pide que paseéis en el horno de fuego en el nombre de Cristo, Jesús estará a vuestro lado. “Cuando pesares por las aguas, yo seré contigo; y por los ríos, no te anegarán. Cuando pasares por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti” Isaías 43:2 (Our High Calling, p. 358; parcialmente en Nuestra elevada vocación, p. 360).

 

Los tres hebreos declararon a toda la nación de Babilonia su fe en Aquel a quien adoraban. Confiaron en Dios. En la hora de su prueba recordaron la promesa: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo… Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti”. Y de una manera maravillosa su fe en la Palabra viviente fue honrada a la vista de todos. Las nuevas de su liberación admirable fueron transmitidas a muchos países por los representantes de las diferentes naciones que Nabucodonosor había invitado a la dedicación. Mediante la fidelidad de sus hijos, Dios fue glorificado en toda la tierra (Reflejemos a Jesús, p. 362). 

 

 

Miércoles 22 de enero 

El cuarto hombre 

Lee Daniel 3:19 al 27. ¿Qué ocurre? ¿Quién es la otra persona en medio del fuego?

 

Habiendo arrojado a los fieles hebreos al fuego, Nabucodonosor queda perplejo al percibir la presencia de una cuarta persona dentro del horno. A su entender, el rey identifica a la cuarta figura como “hijo de los dioses” (Dan. 3:25).

El rey no puede decir mucho más, pero nosotros sí sabemos quién era esa cuarta persona. Se le apareció a Abraham antes de la destrucción de Sodoma y de Gomorra, luchó con Jacob junto al arroyo Jaboc y se le reveló a Moisés en una zarza ardiente. Es Jesucristo en una forma preencarnada, que viene a mostrar que Dios está con su pueblo en medio de sus problemas.

Elena de White dice: “Pero el Señor no olvidó a los suyos. Cuando sus testigos fueron arrojados al horno, el Salvador se les reveló en persona, y juntos anduvieron en medio del fuego. En la presencia del Señor del calor y el frío, las llamas perdieron su poder de consumirlos” (PR 373).

Como dice Dios en Isaías: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti” (Isa. 43:2).

Aunque amamos este tipo de historias, nos surge la pregunta de por qué otros no han sido liberados milagrosamente de la persecución por su fe. Esos hombres seguramente conocen la experiencia de Isaías y Zacarías, quienes fueron asesinados por reyes impíos. A lo largo de la historia bíblica, hasta nuestros días, los cristianos fieles experimentaron sufrimientos terribles que no terminaron en una liberación milagrosa para ellos, al menos aquí, sino en una muerte dolorosa. Este es un caso en el que los fieles reciben una liberación milagrosa, pero, como sabemos, esas cosas no suelen suceder.

Por otro lado, ¿cuál es la liberación milagrosa que tendrán todos los fieles de Dios, independientemente de su destino aquí? (Ver 1 Cor. 15:12-26.)

 

Espíritu de Profecía 

Entonces el rey ordenó que se calentara el horno siete veces más que de costumbre; una vez cumplida la orden, arrojaron a los hebreos adentro. Tan fuerte era el calor de las llamas que los hombres que arrojaron a los hebreos en el horno murieron quemados.

 

De pronto el semblante del rey se demudó de terror… Trémula su voz por la excitación, el monarca exclamó: “He aquí que yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego, y ningún daño hay en ellos; y el parecer del cuarto es semejante a hijo de los dioses” (Mi vida hoy, p. 70).

 

¿Cómo sabía el rey qué aspecto tendría el Hijo de Dios? En su vida y carácter, los cautivos hebreos que ocupaban puestos de confianza en Babilonia habían representado la verdad delante de él. Cuando se les pidió una razón de su fe, la habían dado sin vacilación. Con claridad y sencillez habían presentado los principios de la justicia, enseñando así a aquellos que los rodeaban acerca del Dios al cual adoraban. Les habían hablado de Cristo, el Redentor que iba a venir; y en la cuarta persona que andaba en medio del fuego, el rey reconoció al Hijo de Dios…

 

El que anduvo con los notables hebreos en el horno de fuego acompañará a sus seguidores dondequiera que estén. Su presencia constante los consolará y sostendrá. En medio del tiempo de angustia cual nunca hubo desde que fue nación, sus escogidos permanecerán inconmovibles. Satanás, con toda la hueste del mal, no puede destruir al más débil de los santos de Dios. Los protegerán ángeles excelsos en fortaleza, y Jehová se revelará en su favor como “Dios de dioses”, que puede salvar hasta lo sumo a los que ponen su confianza en él (Conflicto y valor, p. 252).

 

La vida en Cristo es una vida de reposo. Tal vez no haya éxtasis de los sentimientos, pero debe haber una confianza continua y apacible. Tu esperanza no se cifra en ti mismo, sino en Cristo. Tu debilidad está unida a su fuerza, tu ignorancia a su sabiduría, tu fragilidad a su eterno poder…

 

No debemos hacer de nuestro yo el centro de nuestros pensamientos, ni alimentar ansiedad ni temor acerca de si seremos salvos o no. Todo esto desvía el alma de la Fuente de nuestra fortaleza. Encomendemos a Dios la custodia de nuestra alma, y confiemos en El. Hablemos del Señor Jesús y pensemos en Él. Piérdase en Él nuestra personalidad. Desterremos toda duda; disipemos nuestros temores. Digamos con el apóstol Pablo: “Vivo; mas no ya yo, sino que Cristo vive en mí: y aquella vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó, y se dio a sí mismo por mí”. Reposemos en Dios. Él puede guardar lo que le hemos confiado. Si nos ponemos en sus manos, nos hará más que vencedores por medio de Aquel que nos amó (El camino a Cristo, pp. 70, 71). 

 

 

Jueves 23 de enero 

El secreto de una fe así 

Al reflexionar sobre la experiencia de Sadrac, Mesac y Abed-Nego, podemos preguntarnos: ¿Cuál es el secreto de una fe tan sólida? ¿Cómo es que estuvieron dispuestos a quemarse vivos antes que adorar a la imagen? Piensa en todas las formas en que podrían haber racionalizado el hecho de postrarse en sumisión a las órdenes del rey. Y sin embargo, a pesar de ser conscientes de que podrían haber muerto, como tantos otros, se mantuvieron firmes.

Lee Hebreos 11. ¿Qué nos enseña acerca de qué es la fe?

 

Para fomentar esa fe, necesitamos entender qué es la fe. Algunos tienen una percepción cuantitativa de la fe; miden su fe por las respuestas que, al parecer, reciben de Dios. Van al centro comercial y oran por un lugar para estacionar. Si por casualidad consiguen un espacio al llegar, concluyen que tienen una fe sólida. Si todos los espacios están ocupados, quizá piensen que su fe no es lo suficientemente sólida como para que Dios escuche sus oraciones. Esta interpretación de la fe se vuelve peligrosa porque intenta manipular a Dios y no tiene en cuenta la soberanía y la sabiduría de Dios.

De hecho, la verdadera fe, como lo manifiestan los amigos de Daniel, se mide por la calidad de nuestra relación con Dios y la consiguiente confianza absoluta en Dios. La fe auténtica no busca doblegar la voluntad de Dios para que se adecue a la nuestra; más bien, subyuga nuestra voluntad a la voluntad de Dios. Como vimos, los tres hebreos no saben exactamente lo que Dios les tiene reservado cuando deciden desafiar al rey y permanecer fieles a Dios. Deciden hacer lo correcto a pesar de las consecuencias. Esto es lo que realmente caracteriza una fe madura. Mostramos una fe real cuando oramos al Señor por lo que queremos, pero confiamos en que él hará lo mejor por nosotros, incluso si en ese momento no entendemos lo que está sucediendo ni por qué.

¿De qué formas podemos ejercer la fe día a día, incluso en cosas pequeñas que pueden hacer que nuestra fe crezca y esté preparada para enfrentar mayores desafíos con el tiempo? ¿Por qué, en muchos sentidos, las pruebas en las cosas pequeñas son las más importantes?

 

Espíritu de Profecía 

De Daniel y sus compañeros emanó y brilló una gran luz. Se dijeron cosas gloriosas de Sion, la ciudad de Dios. El Señor quiere que de esta manera brille la luz espiritual procedente de sus fieles atalayas en estos últimos días. Si los santos del Antiguo Testamento dieron un testimonio tan decidido de lealtad, ¡cuánto debiera brillar hoy el pueblo de Dios que tiene la luz acumulada de los siglos, desde que las profecías del antiguo testamento proyectarán su gloria velada hacia el futuro! (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, pp. 1190, 1191).

 

De siglo en siglo los héroes de la fe se han destacado por su fidelidad hacia Dios, y muchas veces se los ha señalado frente al mundo, para que su luz pudiera iluminar a los que estaban en tinieblas. Daniel y sus tres compañeros son ilustres ejemplos de heroísmo cristiano… Al considerar lo que les ocurrió en la corte de Babilonia, podemos darnos cuenta de lo que Dios hará por aquellos que le sirven con firme propósito de corazón (Mi vida hoy, p. 70).

 

El tiempo de angustia que espera al pueblo de Dios requerirá una fe inquebrantable. Sus hijos deberán dejar manifiesto que él es el único objeto de su adoración, y que por ninguna consideración, ni siquiera de la vida misma, pueden ser inducidos a hacer la menor concesión a un culto falso. Para el corazón leal, los mandamientos de hombres pecaminosos y finitos son insignificantes frente a la Palabra del Dios eterno. Obedecerán a la verdad aunque el resultado haya de ser encarcelamiento, destierro o muerte.

 

Como en los días de Sadrac, Mesac y Abed-nego, en el período final de la historia de esta tierra el Señor obrará poderosamente en favor de aquellos que se mantengan firmemente por lo recto. El que anduvo con los notables hebreos en el horno de fuego acompañará a sus seguidores dondequiera que estén. Su presencia constante los consolará y sostendrá (Reflejemos a Jesús, p. 362).

 

El tiempo presente es un momento de solemne privilegio y sagrada confianza. Si los siervos de Dios cumplen fielmente el cometido a ellos confiado, grande será su recompensa… La ferviente labor, el trabajo abnegado, el esfuerzo paciente y perseverante, serán recompensados abundantemente. Jesús dirá: Ya no os llamo siervos, sino amigos. Juan 15:15. El Maestro no concede su aprobación por la magnitud de la obra hecha, sino por la fidelidad manifestada en todo lo que se ha hecho. No son los resultados que alcanzamos, sino los motivos por los cuales obramos, lo que más importa a Dios. Él aprecia sobre todo la bondad y la fidelidad (Obreros evangélicos, p. 282).

 

La mejor preparación para trabajar lejos, los misioneros del Maestro la reciben en la familia cristiana donde se teme y se ama a Dios, donde se le adora y la fidelidad ha llegado a ser una segunda naturaleza, donde no se permite desatender desordenadamente a los deberes domésticos, donde la serena comunión con Dios se considera esencial para el fiel cumplimiento de los deberes diarios.

 

Los deberes domésticos deben cumplirse sabiendo que si se ejecutan con el debido espíritu comunican una experiencia que nos habilitará para trabajar por Cristo de la manera más permanente y cabal. ¡Cuánto no podría lograr en los ramos de la obra misionera un cristiano vivo, al desempeñar fielmente los deberes diarios, al alzar su cruz y al no descuidar deber alguno, por mucho que desagrade a sus sentimientos naturales! (El hogar cristiano, p. 29). 

 

 

Viernes 24 de enero 

Para Estudiar y Meditar 

“Importantes son las lecciones que debemos aprender de lo experimentado por los jóvenes hebreos en la llanura de Dura. En esta época nuestra, muchos de los siervos de Dios, aunque inocentes de todo mal proceder, serán entregados para sufrir humillación y ultrajes a manos de aquellos que, inspirados por Satanás, están llenos de envidia y fanatismo religioso. La ira del hombre se despertará en forma especial contra los que santifican el sábado del cuarto mandamiento; y al fin un decreto mundial los denunciará como merecedores de muerte.

El tiempo de angustia que espera al pueblo de Dios requerirá una fe inquebrantable. Sus hijos deberán dejar manifiesto que él es el único objeto de su adoración, y que por ninguna consideración, ni siquiera de la vida misma, pueden ser inducidos a hacer la menor concesión a un culto falso. Para el corazón leal, los mandamientos de hombres pecaminosos y finitos son insignificantes frente a la Palabra del Dios eterno. Obedecerán a la verdad aunque el resultado haya de ser encarcelamiento, destierro o muerte” (PR 376).

 

Preguntas para Dialogar:

  1. Lee 1 Pedro 1:3 al 9. ¿Por qué Dios rescata a algunos del sufrimiento y a otros no? ¿O simplemente no obtendremos respuesta a preguntas como esta ahora? En los casos en que no se producen liberaciones milagrosas, ¿por qué debemos confiar en la bondad de Dios a pesar de tales decepciones?
  2. Si este acontecimiento hubiera terminado con la muerte de los hebreos en el horno de fuego, ¿qué lecciones podríamos extraer de él todavía?
  3. Según nuestra interpretación de los acontecimientos de los últimos días, ¿cuál será la señal externa que se centrará en Aquel a quién adoremos? ¿Qué debería decirnos esto ahora acerca de la verdadera importancia del sábado?
  4. Lee Lucas 16:10. ¿Cómo nos ayudan estas palabras de Cristo a entender lo que realmente significa vivir por fe?
  5. Lee de nuevo Daniel 3:15, cuando Nabucodonosor dice: “¿Y qué dios será aquel que os libre de mis manos?” ¿Cómo responderías esa pregunta?

Espíritu de Profecía

Nuestra elevada vocación, “Promesas para los obedientes”, p. 26.

Patriarcas y profetas, “José en Egipto”, pp. 214-224. 

 

  

Edición para Maestros 

RESEÑA

 

Texto Clave: Daniel 3:1718.

 

Enfoque del estudio: Daniel 3Apocalipsis. 13:11-18Éxodo 20:3-5Deuteronomio 6:41 Corintios 15:12-26Hebreos 11.

 

Introducción: La experiencia histórica de los amigos de Daniel nos ofrece un ejemplo concreto de lo que es estar bajo presión por su lealtad a Dios.

 

Temática de la lección:

  1. La adoración. La cuestión fundamental en juego en esta historia es la adoración. Lo más probable es que Nabucodonosor no exigiera adoración exclusiva. Los tres jóvenes hebreos podrían seguir adorando a su Dios, Yahvéh. Si se hubieran inclinado ante la imagen, se habrían ahorrado problemas.
  2. La fidelidad. Las profundas convicciones de los tres jóvenes hebreos no les permitían realizar una demostración externa que contradijera su teología. Para ellos, determinadas acciones tenían consecuencias profundas.
  3. La liberación. Aunque los tres exiliados no tenían ninguna duda sobre la capacidad de Dios para salvarlos del fuego, no tenían la seguridad de que eso ocurriera. Esta incertidumbre está implícita en la expresión “si no” (Dan. 3:18). Por eso, preferían morir antes que transigir con su lealtad a Dios.

Aplicación a la vida: Todos enfrentamos circunstancias en la vida que exigen que adoptemos una postura firme y concluyente que muestre a las claras a quién pertenece nuestra lealtad suprema. La lección más importante que aprendemos del episodio del horno ardiente no es la liberación de los tres hebreos exiliados; el mensaje principal radica en el hecho de que el Señor los fortaleció (no le temían a la muerte) y estuvo con ellos en medio del fuego.

 

COMENTARIO 

1. La adoración. Nabucodonosor parece haber entendido bastante bien el mensaje transmitido por la estatua de diferentes metales de su sueño. Él no quería ser solo la cabeza de oro. Quería que su reino fuera la estatua completa, de pies a cabeza. Para alcanzar este objetivo, intentó usurpar los atributos del Creador. Entonces, al hacer una imagen (hebreo: tselem), el rey imitó irónicamente el acto de Dios de crear a la humanidad a su imagen (tselemGén. 1:2627). Por eso Nabucodonosor, consumido por la arrogancia, construyó una imagen. Pero esa no fue una simple obra de arte; era un objeto de culto.

Y la acusación dirigida contra los tres exiliados era que no adoraban la imagen de oro ni servían a los dioses de Nabucodonosor (Dan. 3:1214). El plural “dioses” sugiere que la imagen puede haber sido una representación de los “dioses” babilonios, no solamente la de una sola deidad. Las medidas de la imagen (60 x 6 codos) recuerdan el sistema sexagesimal de Babilonia, a diferencia del sistema decimal que se aplicaba en Egipto. Además, las proporciones de la imagen (Dan. 10:1) indican que no seguía las proporciones normales de una figura humana (5:1 o 6:1). Por ende, a menos que fuese una figura que incluya un pedestal grande, tal vez tenía más aspecto a pilar o estela gigantesca, y solo haya sido parcialmente esculpida.

Al promover ese evento litúrgico, el rey quizá tuvo la intención de asegurarse la lealtad de los gobernadores, ministros y demás a la agenda y la ideología del imperio. En el mundo antiguo, la religión y la política estaban estrechamente entrelazadas. Por eso el patriotismo se expresaba mediante la adoración de los dioses nacionales. Por lo tanto, la negativa de los tres exiliados a adorar la imagen de oro no era solo un acto de disensión religiosa, sino un rechazo abierto de las pretensiones totalitarias de la ideología política y religiosa babilónicas. Los cautivos hebreos nunca le darían al imperio lo que le pertenecía solo a Dios.

2. La fidelidad. En una advertencia contra la idolatría, Moisés les recordó a los israelitas que “el único receptor digno de la adoración de Israel era el Dios que los había sacado del ‘horno de hierro, de Egipto’, para que pudieran ser su herencia (Deut. 4:20; comparar con 1 Rey. 8:51Jer. 11:4). Moisés le imploró al pueblo que guardara el pacto y, nuevamente, que no se hiciera ningún tipo de ídolo. En este segundo recordatorio, Moisés mencionó que la razón por la que no debían sucumbir a la idolatría era porque su Dios “es fuego consumidor, Dios celoso” (Deut. 4:24). Al ver el futuro de Israel, Moisés le dijo al pueblo que si caían en la idolatría, Dios los expulsaría de la Tierra Prometida a tierras donde la idolatría estaba a la orden del día. Si el pueblo volvía a adorar y obedecer solo a Dios, Dios no los abandonaría ni destruiría. Recordaría su pacto. Dios los había salvado del horno de la esclavitud egipcia para hacerlos suyos. A cambio, exigía su adoración fiel y exclusiva” (Widder, Daniel, p. 65).

Los cautivos hebreos no aprovecharon la oportunidad para racionalizar su compromiso con el verdadero Dios. Simplemente podrían haber racionalizado su decisión para evitar una confrontación con el rey: “Inclinémonos ante esta imagen, pero en nuestro corazón permaneceremos fieles a Dios. ¡A quién le importa si nos inclinamos!” Pero ellos no actuaron de esa manera. Cabe mencionar que en el entorno politeísta del antiguo Cercano Oriente, ninguna deidad exigía lealtad exclusiva. Alguien podría ser devoto de Marduk y también adorar, por ejemplo, a Ishtar. Antes del exilio, muchos israelitas cayeron en esta trampa. Adoraban al Señor, pero, al mismo tiempo, sacrificaban a Baal y otras deidades que suponían que les eran más útiles en ciertos aspectos de la vida. Solo el Dios del pacto de los hebreos exigía exclusividad de sus adoradores (Éxo. 20:3-5Deut. 6:4); y los cautivos hebreos estuvieron a la altura de esta demanda.

3. La liberación. La liberación de los tres exiliados hebreos no obedece a la buena voluntad del rey. Fue una intervención sobrenatural de Dios. El hecho de que el horno se haya calentado “siete veces” más (Dan. 3:19) puede ser una forma figurativa de enfatizar el calor máximo. Lo más probable es que el rey quisiera asegurarse de que nadie escaparía a ese calor. Si un fuego bajo prolongaría la duración de su castigo y su tortura, un fuego más intenso debería matarlos de inmediato. Parece que Nabucodonosor se propuso hacer de su ejecución una exhibición pública del costo de impugnar su autoridad. Curiosamente, Jeremías menciona a dos falsos profetas que Nabucodonosor “asó al fuego” (Jer. 29:2122).

Aunque los tres judíos creían firmemente que Dios podía protegerlos, también sabían que Dios no siempre lo hacía (Dan. 3:1718). “Los lamentos entre los Salmos dan testimonio de esto. En [Salmos] 7:21 y 23; 8:24; 11:32 al 35 queda en claro que hay momentos en que los fieles de Dios son llamados a soportar sufrimientos, y a veces incluso el martirio. En respuesta a la aparente injusticia de esto, y a la aparente impugnación de la fidelidad de Dios para con su pueblo o su soberanía, llega la promesa de la resurrección […] y el juicio ([Dan.] 12:1-4). La muerte no es una barrera ni para la fidelidad de Dios ni para su soberanía” (Lucas, “Daniel”, p. 235).

Un aspecto que merece un comentario es la llamativa ausencia de Daniel. Los comentaristas cristianos y el Talmud han presentado varias hipótesis en cuanto a la razón de su ausencia: (1) Daniel estaba en viaje de negocios; (2) tenía permiso del rey para retirarse; (3) gozaba de tan alta estima por parte de Nabucodonosor que nadie se atrevió a quejarse de él; (4) quizá no se requería su presencia; (5) puede haber estado enfermo; (6) Daniel ya no era parte del gobierno; (7) Daniel estaba presente y se inclinó brevemente ante la imagen, pero el Señor no permitió que su nombre aparezca aquí debido a su fidelidad posterior; (8) Dios mantuvo alejado a Daniel para que la gente no dijera “que fueron liberados por sus méritos”; (9) Daniel evitó la escena para impedir que se cumpliera la profecía de que “las esculturas de sus dioses quemarás en el fuego” (Deut. 7:25); (10) Nabucodonosor “permite que Daniel se vaya, no sea que la gente diga que quemó a su dios en fuego” (resumen de Steveson, Daniel, p. 56).
Aunque algunas opciones pueden parecer más razonables que otras, el hecho es que no sabemos dónde estuvo Daniel durante ese tiempo. Pero sobre la base del carácter de Daniel como se muestra en las Escrituras, podemos estar seguros de que Daniel no adoró ni estuvo presente en la ceremonia.

 

APLICACIÓN A LA VIDA 

  1. Al igual que los tres exiliados hebreos, Mardoqueo también se negó a inclinarse ante Amán (Est. 3:1-5). En ambos casos, el Señor liberó a sus siervos. Sin embargo, esto no siempre sucede. Isaías y Juan el Bautista sellaron su fe con su propia vida. A la luz de estos resultados, ¿te sientes preparado para cosechar las consecuencias desagradables de tus convicciones legítimas? ¿Por qué?
  2. Las experiencias previas de los exiliados, tanto en lo que respecta a la comida del rey (Dan. 1) como a la interpretación del sueño de Nabucodonosor (cap. 2), de alguna manera prepararon a los exiliados para enfrentar la prueba de fuego. ¿Qué pruebas y experiencias anteriores has tenido que te prepararon para desafíos más grandes en el futuro?
  3. La lección de esta semana puede propiciar un autoexamen. Pide a los miembros de la clase que reflexionen sobre lo siguiente:
    1. ¿Cuáles son algunas cosas que ahora, hoy, nos vemos tentados a adorar? ¿Cómo quedamos atrapados, incluso como cristianos, de forma lenta pero segura, en la adoración de algo que no sea Dios?
    2. ¿Dónde trazas la línea entre el compromiso inquebrantable con el Señor y el fanatismo?
    3. En cuanto a tu relación con quienes aún no conocen al Señor, ¿hay lugar para la avenencia? Si es así, ¿de qué manera y bajo qué circunstancias? ¿Con qué cosas podemos o debemos transigir? ¿Cómo podemos saber si estamos transigiendo o simplemente siendo prudentes?
    4. ¿Arriesgarías la vida por negarte a hacer un acto muy sencillo? Si tu respuesta es no, ¿por qué no podrías avenirte externamente mientras que internamente sientes reservas de tipo moral?
    5. ¿Qué es mejor, morir por la verdad o evitar las crisis y seguir viviendo para dar testimonio? Explica.

Nuestra Elevada Vocación P26

  

Promesas para los obedientes

 

 

Ahora pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Éxodo 19:5.

 

Esta promesa le fué dada no sólo a Israel, sino a todos los que obedezcan la palabra de Dios. Los que viven en medio de los peligros de los últimos días deben comprender que, justamente al comienzo de su experiencia, la verdad los unió al Salvador, de manera que él, que es el autor y consumador de su fe, perfeccionará la obra que ha comenzado por ellos. Dios es fiel, y mediante él han sido llamados al compañerismo con su Hijo. Como hombres y mujeres que cooperan con Dios haciendo la obra que él les ha encomendado, avanzan de fortaleza en fortaleza. Mientras ejercitan su fe sencilla, creyendo día a día que Dios no fallará en afirmarlos en Cristo, Dios les dice, como le dijo al antiguo Israel: “Porque tú eres pueblo santo a Jehová tu Dios: Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la haz de la tierra”. Deuteronomio 7:6.

 

Así Dios puede guiar a todos los que quieran dejarse conducir por él. El desea enseñarle a cada uno una lección de confianza constante, de fe inamovible, y de incuestionable sumisión. El dice a cada uno: Yo soy el Señor tu Dios, camina conmigo, y yo llenaré de luz tu senda. El se acerca a todos con dones inapreciables, invitándolos a la comunión con él. El los hará miembros de su familia real.

 

Pero Dios requiere obediencia a todos sus mandamientos. La única manera mediante la cual los hombres pueden llegar a ser felices, es obedeciendo a los preceptos del reino de Dios.

 

La vida, con sus privilegios y deberes, es el don de Dios. Recordemos que todos procedemos de Dios, y que debemos estar entera y libremente consagrados a él. Pablo declara: “Y ciertamente, aun reputo todas las cosas pérdida por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y téngalo por estiércol, para ganar a Cristo”. Filipenses 3:8. Es necesario el sacrificio de nuestras ideas, nuestra voluntad, si queremos ser uno con Cristo en Dios. Todo lo que tenemos y somos debe ser puesto a los pies de Cristo.—Manuscrito 17, 1899.

 

Patriarcas y profetas

 

José en Egipto

 

(CAPÍTULO 20)

 

MIENTRAS tanto, José y sus amos iban en camino a Egipto. Cuando la caravana marchaba hacia el sur, hacia las fronteras de Canaán, el joven pudo divisar a lo lejos las colinas entre las cuales se hallaban las tiendas de su padre. Lloró amargamente al pensar en la soledad y el dolor de aquel padre amoroso. Nuevamente recordó la escena de Dotán. Vio a sus airados hermanos y sintió sus miradas furiosas dirigidas hacia él. Las punzantes e injuriosas palabras con que habían contestado a sus súplicas angustiosas resonaban aún en sus oídos. Con el corazón palpitante pensaba en que le reservaría el porvenir. ¡Qué cambio de condición! ¡De hijo tiernamente querido había pasado a ser esclavo menospreciado y desamparado! Solo y sin amigos, ¿cuál sería su suerte en la extraña tierra adonde iba? Durante algún tiempo José se entregó al terror y al dolor sin poder dominarse.

Pero, en la providencia de Dios, aun esto había de ser una bendición para él. Aprendió en pocas horas, lo que de otra manera le hubiera requerido muchos años. Por fuerte y tierno que hubiera sido el cariño de su padre, le había hecho daño por su parcialidad y complacencia. Aquella preferencia poco juiciosa había enfurecido a sus hermanos, y los había inducido a llevar a cabo el cruel acto que lo alejaba ahora de su hogar. Sus efectos se manifestaban también en su propio carácter. En él se habían fomentado defectos que ahora debía corregir. Estaba comenzando a confiar en sí mismo y a ser exigente. Acostumbrado al tierno cuidado de su padre, no se sintió preparado para afrontar las dificultades que surgían ante él en la amarga y desamparada vida de extranjero y esclavo.

Entonces sus pensamientos se dirigieron al Dios de su padre. En su niñez se le había enseñado a amarle y temerle. A menudo, en la tienda de su padre, había escuchado la historia de la visión que Jacob había presenciado cuando huyó de su casa desterrado y fugitivo. Se le había hablado de las promesas que el Señor le hizo a Jacob, y de cómo se habían cumplido; cómo en la hora de necesidad, los ángeles habían venido a instruirle, confortarle y protegerle. Y había comprendido el amor manifestado por Dios al proveer un Redentor para los hombres. Ahora, todas estas lecciones preciosas se presentaron vivamente ante él. José creyó que el Dios de sus padres sería su Dios. Entonces, allí mismo, se entregó por completo al Señor, y oró para pedir que el Guardián de Israel estuviese con él en el país adonde iba desterrado.

Su alma se conmovió y tomó la alta resolución de mostrarse fiel a Dios y de obrar en cualquier circunstancia cómo convenía a un súbdito del Rey de los cielos. Serviría al Señor con corazón íntegro; afrontaría con toda fortaleza las pruebas que le deparara su suerte, y cumpliría todo deber con fidelidad. La experiencia de ese día fue el punto decisivo en la vida de José. Su terrible calamidad le transformó de un niño mimado que era en un hombre reflexivo, valiente, y sereno.

Al llegar a Egipto, José fue vendido a Potifar, jefe de la guardia real, a cuyo servicio permaneció durante diez años. Allí estuvo expuesto a tentaciones extraordinarias. Estaba en medio de la idolatría. La adoración de dioses falsos estaba rodeada de toda la pompa de la realeza, sostenida por la riqueza y la cultura de la nación más altamente civilizada de aquel entonces. No obstante, José conservó su sencillez y fidelidad a Dios. Las escenas y la seducción del vicio le circundaban por todas partes, pero él permaneció como quien no veía ni oía. No permitió que sus pensamientos se detuvieran en asuntos prohibidos. El deseo de ganarse el favor de los egipcios no pudo inducirle a ocultar sus principios. Si hubiera tratado de hacer esto, habría sido vencido por la tentación; pero no se avergonzó de la religión de sus padres, y no hizo ningún esfuerzo por esconder el hecho de que adoraba a Jehová.

"Jehová fue con José, y fue varón prosperado. . . . Y vio su señor que Jehová era con él, y que todo lo que él hacía, Jehová lo hacía prosperar en su mano." La confianza de Potifar en José aumentaba diariamente, y por fin le ascendió a mayordomo, con dominio completo sobre todas sus posesiones. "Y dejó todo lo que tenía en mano de José; ni con él sabía de nada más que del pan que comía." (Véase Génesis 39-41.)

La notable prosperidad que acompañaba a todo lo que se encargara a José no era resultado de un milagro directo, sino que su industria, su interés y su energía fueron coronados con la bendición divina. José atribuyó su éxito al favor de Dios, y hasta su amo idólatra aceptó eso como el secreto de su sin igual prosperidad. Sin embargo, sin sus esfuerzo constantes y bien dirigidos, nunca habría podido alcanzar tal éxito. Dios fue glorificado por la fidelidad de su siervo. Era el propósito divino que por la pureza y la rectitud, el creyente en Dios apareciera en marcado contraste con los idólatras, para que así la luz de la gracia celestial brillase en medio de las tinieblas del paganismo.

La dulzura y la fidelidad de José cautivaron el corazón del jefe de la guardia real, que llegó a considerarlo más como un hijo que como un esclavo. El joven entró en contacto con hombres de alta posición y de sabiduría, y adquirió conocimientos de las ciencias, los idiomas y los negocios; educación necesaria para quien sería más tarde primer ministro de Egipto.

Pero la fe e integridad de José habían de acrisolarse mediante pruebas de fuego. La esposa de su amo trató de seducir al joven a que violara la ley de Dios. Hasta entonces había permanecido sin mancharse con la maldad que abundaba en aquella tierra pagana; pero ¿cómo enfrentaría esta tentación, tan repentina, tan fuerte, tan seductora? José sabía muy bien cuál sería el resultado de su resistencia. Por un lado había encubrimiento, favor y premios; por el otro, desgracia, prisión, y posiblemente la muerte. Toda su vida futura dependía de la decisión de ese momento. ¿Triunfarían los buenos principios? ¿Se mantendría fiel a Dios? Los ángeles presenciaban la escena con indecible ansiedad.

La contestación de José revela el poder de los principios religiosos. No quiso traicionar la confianza de su amo terrenal, y cualesquiera que fueran las consecuencias, sería fiel a su Amo celestial. Bajo el ojo escudriñador de Dios y de los santos ángeles, muchos se toman libertades de las que no se harían culpables en presencia de sus semejantes. Pero José pensó primeramente en Dios. "¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?" dijo él.

Si abrigáramos habitualmente la idea de que Dios ve y oye todo lo que hacemos y decimos, y que conserva un fiel registro de nuestras palabras y acciones, a las que deberemos hacer frente en el día final, temeríamos pecar. Recuerden siempre los jóvenes que dondequiera que estén, y no importa lo que hagan, están en la presencia de Dios. Ninguna parte de nuestra conducta escapa a su observación. No podemos esconder nuestros caminos al Altísimo. Las leyes humanas, aunque algunas veces son severas, a menudo se violan sin que tal cosa se descubra; y por lo tanto, las transgresiones quedan sin castigo. Pero no sucede así con la ley de Dios. La más profunda medianoche no es cortina para el culpable. Puede creer que está solo; pero para cada acto hay un testigo invisible. Los motivos mismos del corazón están abiertos a la divina inspección. Todo acto, toda palabra, todo pensamiento están tan exactamente anotados como si hubiera una sola persona en todo el mundo, y como si la atención del Cielo estuviera concentrada sobre ella.

José sufrió por su integridad; pues su tentadora se vengó acusándolo de un crimen abominable, y haciéndole encerrar en una cárcel. Si Potifar hubiese creído la acusación de su esposa contra José, el joven hebreo habría perdido la vida; pero la modestia y la integridad que uniformemente habían caracterizado su conducta fueron prueba de su inocencia; y sin embargo, para salvar la reputación de la casa de su amo, se le abandonó al deshonor y a la servidumbre.

Al principio, José fue tratado con gran severidad por sus carceleros. El salmista dice: "Afligieron sus pies con grillos; en hierro fue puesta su persona. Hasta la hora que llegó su palabra, el dicho de Jehová le probó." (Sal. 105: 18.) Pero el verdadero carácter de José resplandeció, aun en la obscuridad del calabozo. Mantuvo firmes su fe y su paciencia; los años de su fiel servicio habían sido compensados de la manera más cruel; no obstante, esto no le volvió sombrío ni desconfiado. Tenía la paz que emana de una inocencia consciente, y confió su caso a Dios. No caviló en los perjuicios que sufría, sino que olvidó sus penas y trató de aliviar las de los demás. Encontró una obra que hacer, aun en la prisión. Dios le estaba preparando en la escuela de la aflicción, para que fuera de mayor utilidad, y no rehusó someterse a la disciplina que necesitaba. En la cárcel, presenciando los resultados de la opresión y la tiranía, y los efectos del crimen, aprendió lecciones de justicia, simpatía y misericordia que le prepararon para ejercer el poder con sabiduría y compasión.

Poco a poco José ganó la confianza del carcelero, y se le confió por fin el cuidado de todos los presos. Fue la obra que ejecutó en la prisión, la integridad de su vida diaria, y su simpatía hacia los que estaban en dificultad y congoja, lo que le abrió paso hacia la prosperidad y los honores futuros. Cada rayo de luz que derramamos sobre los demás se refleja sobre nosotros mismos. Toda palabra bondadosa y compasiva que se diga a los angustiados, todo acto que tienda a aliviar a los oprimidos, y toda dádiva que se otorgue a los necesitados, si son impulsados por motivos sanos, resultarán en bendiciones para el dador.

El panadero principal y el primer copero del rey habían sido encerrados en la prisión por alguna ofensa que habían cometido, y fueron puestos bajo el cuidado de José. Una mañana, observando que parecían muy tristes, bondadosamente les preguntó el motivo y le dijeron que cada uno había tenido un sueño extraordinario, cuyo significado anhelaban conocer. "¿No son de Dios las declaraciones? Contádmelo ahora," dijo José. Cuando cada uno relató su sueño, José les hizo saber su significado: Dentro de tres días el jefe de los coperos habla de ser reintegrado a su puesto, y había de poner la copa en las manos de Faraón como antes, pero el principal de los panaderos sería muerto por orden del rey. En ambos casos, el acontecimiento ocurrió tal como lo predijo.

El copero del rey había expresado la más profunda gratitud a José, tanto por la feliz interpretación de su sueño como por otros muchos actos de bondadosa atención; y José, refiriéndose en forma muy conmovedora a su propio encarcelamiento injusto, le imploró que en compensación presentara su caso ante el rey. "Acuérdate, pues, de mí para contigo —dijo— cuando tuvieres ese bien, y ruégote que uses conmigo de misericordia, y hagas mención de mi a Faraón, y me saques de esta casa: porque hurtado he sido de la tierra de los Hebreos; y tampoco he hecho aquí porqué me hubiesen de poner en la cárcel." El principal de los coperos vio su sueño cumplido en todo detalle; pero cuando fue reintegrado al favor real, ya no se acordó de su benefactor. Durante dos años más, José permaneció preso. La esperanza que se había encendido en su corazón se desvaneció poco a poco, y a todas las otras tribulaciones se agregó el amargo aguijón de la ingratitud.

Pero una mano divina estaba por abrir las puertas de la prisión. El rey de Egipto tuvo una noche dos sueños que, por lo visto, indicaban el mismo acontecimiento, y parecían anunciar alguna gran calamidad. El no podía determinar su significado, pero continuaban turbándole. Los magos y los sabios de su reino no pudieron interpretarlos. La perplejidad y congoja del rey aumentaban, y el terror se esparcía por todo su palacio. El alboroto general trajo a la memoria del copero las circunstancias de su propio sueño; con él recordó a José, y sintió remordimiento por su olvido e ingratitud. Informó inmediatamente al rey cómo su propio sueño y el del primer panadero habían sido interpretados por el prisionero hebreo, y cómo las predicciones se habían cumplido.

Fue humillante para Faraón tener que dejar a los magos y sabios de su reino para consultar a un esclavo extranjero; pero estaba listo para aceptar el servicio del más ínfimo con tal que su mente atormentada pudiese encontrar alivio. En seguida se hizo venir a José. Este se quitó su indumentaria de preso y .se cortó el cabello, pues le había crecido mucho durante el período de su desgracia y reclusión. Entonces fue llevado ante el rey.

"Y dijo Faraón a José: Yo he tenido un sueño, y no hay quien lo declare; mas he oído decir de ti, que oyes sueños para declararlos. Y respondió José a Faraón, diciendo: No está en mí; Dios será el que responda paz a Faraón." La respuesta de José al rey revela su humildad y su fe en Dios. Modestamente rechazó el honor de poseer en sí mismo sabiduría superior. "No está en mí." Sólo Dios puede explicar estos misterios.

Entonces Faraón procedió a relatarle sus sueños: "En mi sueño parecíame que estaba a la orilla del río; y que del río subían siete vacas de gruesas carnes y hermosa apariencia, que pacían en el prado: y que otras siete vacas subían después de ellas, flacas y de muy fea traza; tan extenuadas, que no he visto otras semejantes en toda la tierra de Egipto en fealdad: y las vacas flacas y feas devoraban a las siete primeras vacas gruesas: y entraban en sus entrañas, mas no se conocía que hubiesen entrado en ellas, porque su parecer era aún malo, como de primero. Y yo desperté. Vi también soñando, que siete espigas subían en una misma caña llenas y hermosas; y que otras siete espigas menudas, marchitas, abatidas del Solano, subían después de ellas: y las espigas menudas devoraban a las siete espigas hermosas; y helo dicho a los magos, mas no hay quién me lo declare."

"El sueño de Faraón es uno mismo —contestó José:— Dios ha mostrado a Faraón lo que va a hacer." Habría siete años de abundancia. Los campos y las huertas rendirían cosechas más abundantes que nunca. Y este período sería seguido de siete años de hambre. "Y aquella abundancia no se echará de ver a causa del hambre siguiente, la cual será gravísima." La repetición del sueño era evidencia tanto de la certeza como de la proximidad del cumplimiento. "Por tanto, provéase ahora Faraón de un varón prudente y sabio —agregó José,— y póngalo sobre la tierra de Egipto. Haga esto Faraón, y ponga gobernadores sobre el país, y quinte la tierra de Egipto en los siete años de la hartura; y junten toda la provisión de estos buenos años que vienen, y alleguen el trigo bajo la mano de Faraón para mantenimiento de las ciudades; y guárdenlo. Y esté aquella provisión en depósito para el país, para los siete años del hambre que serán en la tierra de Egipto."

La interpretación fue tan razonable y consecuente, y el procedimiento que recomendó tan juicioso y perspicaz, que no se podía dudar de que todo era correcto. Pero ¿a quién se había de confiar la ejecución del plan? De la sabiduría de esta elección dependía la preservación de la nación. El rey estaba perplejo. Durante algún tiempo consideró el problema de ese nombramiento. Mediante el jefe de los coperos, el monarca había sabido de la sabiduría y la prudencia manifestadas por José en la administración de la cárcel; era evidente que poseía habilidad administrativa en alto grado.

El copero, ahora lleno de remordimiento, trató de expiar su ingratitud anterior, alabando entusiastamente a su benefactor. Otras averiguaciones hechas por el rey comprobaron la exactitud de su informe. En todo el reino, José había sido el único hombre dotado de sabiduría para indicar el peligro que amenazaba al país y los preparativos necesarios para hacerle frente; y el rey se convenció de que ese joven era el más capaz para ejecutar los planes que había propuesto. Era evidente que el poder divino estaba con él, y que ninguno de los estadistas del rey se hallaba tan bien capacitado como José para dirigir los asuntos de la nación frente a esa crisis. El hecho de que era hebreo y esclavo era de poca importancia cuando se tomaba en cuenta su manifiesta sabiduría y su sano juicio. "¿Hemos de hallar otro hombre como éste, en quien haya espíritu de Dios?" dijo el rey a sus consejeros.

Se decidió el nombramiento, y se le hizo este sorprendente anuncio a José: "Pues que Dios te ha hecho saber todo esto, no hay entendido ni sabio como tú: tú serás sobre mi casa y por tu dicho se gobernará todo mí pueblo: solamente en el trono seré yo mayor que tú." El rey procedió a investir a José con las insignias de su elevada posición. "Entonces Faraón quitó su anillo de su mano, y púsolo en la mano de José, e hízole vestir de ropas de lino finísimo, y puso un collar de oro en su cuello; e hízolo subir en su segundo carro, y pregonaron delante de él: Doblad la rodilla."

"Púsolo por señor de su casa, y por enseñoreador en toda su posesión; para que reprimiera a sus grandes como él quisiese, y a sus ancianos enseñara sabiduría." (Sal. 105: 21, 22.) Desde el calabozo, José fue exaltado a la posición de gobernante de toda la tierra de Egipto. Era un puesto honorable; sin embargo, estaba lleno de dificultades y riesgos. Uno no puede ocupar un puesto elevado sin exponerse al peligro. Así como la tempestad deja incólume a la humilde flor del valle mientras desarraiga al majestuoso árbol de la cumbre de la montaña, así los que han mantenido su integridad en la vida humilde pueden ser arrastrados al abismo por las tentaciones que acosan al éxito y al honor mundanos. Pero el carácter de José soportó la prueba tanto de la adversidad como de la prosperidad. Manifestó en el palacio de Faraón la misma fidelidad hacia Dios que había demostrado en su celda de prisionero. Era aún extranjero en tierra pagana, separado de su parentela que adoraba a Dios; pero creía plenamente que la mano divina había guiado sus pasos, y confiando siempre en Dios, cumplía fielmente los deberes de su puesto. Mediante José la atención del rey y de los grandes de Egipto fue dirigida hacia el verdadero Dios; y a pesar de que siguieron adhiriéndose a la idolatría, aprendieron a respetar los principios revelados en la vida y el carácter del adorador de Jehová.

¿Cómo pudo José dar tal ejemplo de firmeza de carácter, rectitud y sabiduría? En sus primeros años había seguido el deber antes que su inclinación; y la integridad, la confianza sencilla y la disposición noble del joven fructificaron en las acciones del hombre. Una vida sencilla y pura había favorecido el desarrollo vigoroso de las facultades tanto físicas como intelectuales. La comunión con Dios mediante sus obras y la contemplación de las grandes verdades contadas a los herederos de la fe habían elevado y ennoblecido su naturaleza espiritual al ampliar y fortalecer su mente como ningún otro estudio pudo haberlo hecho. La atención fiel al deber en toda posición, desde la más baja hasta la más elevada, había educado todas sus facultades para el más alto servicio. El que vive de acuerdo con la voluntad del Creador adquiere con ello el desarrollo más positivo y noble de su carácter. "El temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal la inteligencia." (Job. 28: 28.)

Pocos se dan cuenta de la influencia de las cosas pequeñas de la vida en el desarrollo del carácter. Ninguna tarea que debamos cumplir es realmente pequeña. Las variadas circunstancias que afrontamos día tras día están concebidas para probar nuestra fidelidad, y han de capacitarnos para mayores responsabilidades. Adhiriéndose a los principios rectos en las transacciones ordinarias de la vida, la mente se acostumbra a mantener las demandas del deber por encima del placer y de las inclinaciones propias. Las mentes disciplinadas en esta forma no vacilan entre el bien y el mal, como la caña que tiembla movida por el viento; son fieles al deber porque han desarrollado hábitos de lealtad y veracidad. Mediante la fidelidad en lo mínimo, adquieren fuerza para ser fieles en asuntos mayores.

Un carácter recto es de mucho más valor que el oro de Ofir. Sin él nadie puede elevarse a un cargo honorable. Pero el carácter no se hereda. No se puede comprar. La excelencia moral y las buenas cualidades mentales no son el resultado de la casualidad. Los dones más preciosos carecen de valor a menos que sean aprovechados. La formación de un carácter noble es la obra de toda una vida, y debe ser el resultado de un esfuerzo aplicado y perseverante. Dios da las oportunidades; el éxito depende del uso que se haga de ellas.

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Comentarios de Jonathan Gallagher
Jonathan Gallagher es un ministro ordenado de la Iglesia Adventista. Trabajó por siete años en una iglesia en Inglaterra –su tierra natal–, seguidos por ocho años de administración eclesiástica. Cuenta con un doctorado en divinidad de la Universidad de St. Andrews en Escocia y es autor de siete libros y numerosos artículos. Está casado con Ana Gonçalves y tiene dos hijos adultos, Paul y Rebekah
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