Estudio avanzado para Maestros, con la "Guía de Estudio de la Biblia"

Letra Negra: Lección de la ES

Letra Azul: Espíritu de Profecía


Lección 04:  Para el 27 de Julio de 2019

 

 

MISERICORDIA Y JUSTICIA EN SALMOS Y EN PROVERBIOS  

 

 

Sábado 20 de julio

 

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Salmo 9:7-913-2082101146;
Proverbios 10:413:232530:7-9.

PARA MEMORIZAR:
“Defended al débil y al huérfano; haced justicia al afligido y al menesteroso.
Librad al afligido y al necesitado; libradlo de mano de los impíos” (Sal. 82:34).

Los Salmos y los Proverbios describen la experiencia de vivir con Dios en las situaciones comunes de la vida, no solo en momentos de adoración o durante otras actividades religiosas. Mientras que el libro de Proverbios ofrece una clase de sabiduría práctica, desde las relaciones y la familia hasta los negocios y el gobierno, Salmos es una colección de cánticos que cubren una variedad de emociones y experiencias espirituales, desde lamentos hasta alabanzas pletóricas, y todo lo que hay en medio. Es fácil ver que nuestra fe debe marcar la diferencia en cada aspecto y experiencia de nuestra vida,
porque a Dios le importa cada aspecto de nuestra vida. Entretanto, cualquier reflexión sobre la vida en este mundo caído difícilmente podría ignorar la injusticia que impregna la condición humana. De
hecho, repetidamente se describe la injusticia como algo por lo que nuestro Señor se preocupa y que busca aliviar. Él es la esperanza de los desesperados. Al recordar lo que dicen estos libros, tal vez esta lección pueda inspirarte a ser más proactivo en atender las necesidades de los pobres, los oprimidos y los olvidados a nuestro alrededor y a quienes tenemos la obligación de ayudar.

 

Espíritu de profecía

El corazón del hombre es por naturaleza frío, sombrío y sin amor. Siempre que alguien manifieste un espíritu de misericordia o de perdón, no se debe a un impulso propio, sino al influjo del Espíritu divino que lo conmueve. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” [1 Juan 4:19].

Dios mismo es la fuente de toda misericordia. Se llama “misericordioso, y piadoso”… Ansía intensamente aliviar los pesares del hombre y ungir sus heridas con su bálsamo. Es verdad que “de ningún modo tendrá por inocente al malvado”, [Éxodo 34: 6, 7] pero quiere quitarle su culpabilidad.

Los misericordiosos son “participantes de la naturaleza divina”, y en ellos se expresa el amor compasivo de Dios. Todos aquellos cuyos corazones estén en armonía con el corazón de Amor infinito procurarán salvar y no condenar. Cristo en el alma es una fuente que jamás se agota. Donde mora él, sobreabundan las obras de bien (El discurso maestro de Jesucristo, p. 23).

El Señor es honrado por vuestros actos de misericordia, por el ejercicio de la consideración bien meditada en favor de los infortunados y desvalidos. El huérfano y la viuda necesitan más que nuestra caridad. Necesitan simpatía, cuidado y palabras de compasión y una mano ayudadora para colocarlos donde puedan aprender a ayudarse a sí mismos. Todos los hechos realizados para aquellos que necesitan ayuda son como si fueran hechos para Cristo. En nuestro estudio para saber cómo ayudar a los infortunados, debiéramos estudiar la forma en la cual obraba Cristo. No rehusaba trabajar en favor de los que cometían errores; sus obras de misericordia eran hechas para todos, los justos y los injustos. Curaba las enfermedades de todos por igual y les daba lecciones provechosas si ellos humildemente las pedían.

Los que pretenden creer en Cristo han de representarlo mediante hechos de bondad y misericordia. Los tales nunca sabrán hasta el día del juicio qué bien han hecho al procurar seguir el ejemplo del Salvador (El ministerio de la bondad, p. 91).

Cuando tratéis a los que están consumidos por la preocupación y oprimidos, que no saben qué camino tomar para encontrar alivio, poned vuestro corazón en la obra de ayudarlos. No es el propósito de Dios que sus hijos se ensimismen, sin interesarse en el bienestar de los menos afortunados que ellos. Recordad que para ellos, tanto como para vosotros, ha muerto Cristo. La comprensión y la bondad abrirán el camino para que les ayudéis para ganar su confianza, para inspirarles esperanza y valor (El ministerio de la bondad, p. 176).

Todo acto de justicia, misericordia y benevolencia produce melodías en el Cielo. El Padre desde su trono observa a los que llevan a cabo estos actos de misericordia, y los cuenta entre sus más preciosos tesoros. “Y serán míos, dice Jehová de los ejércitos, en aquel día cuando reúna mis joyas”. Todo acto misericordioso, realizado en favor de los necesitados y los que sufren es considerado como si se lo hubiera hecho a Jesús. Cuando socorréis al pobre, simpatizáis con el afligido y el oprimido, y cultiváis la amistad del huérfano, entabláis una relación más estrecha con Jesús (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 24).

 

Domingo 21 de julio

SALMOS: CANTOS DE ESPERANZA PARA LOS OPRIMIDOS

Como ya hemos visto, Dios ve y escucha a quienes están en peligro y en problemas. Muy a menudo en los Salmos, escuchamos los clamores de gente que ha confiado en Dios pero que no ve que se haga justicia. Las declaraciones de la bondad, la justicia y el poder de Dios pueden parecer desbordadas por la injusticia y la opresión que las voces de estos cantos experimentan u observan.
Sin embargo, estos son cánticos de quienes aún cantan. Ni su vida ni su fe se han apagado. Aún hay esperanza; y el apremio es para que Dios actúe antes de que sea demasiado tarde, antes de que triunfe el mal, antes de que los oprimidos sean destruidos por el peso del mal hecho contra ellos. De esta manera, los autores de los salmos tratan de cerrar la brecha entre las declaraciones de su fe, y las pruebas y las tragedias de la vida.
Lee el Salmo 9:7 al 9, y 13 al 20. ¿Te imaginas las circunstancias en las que se encontraba David, el autor del salmo? ¿Puedes sentir la tensión entre su fe en la bondad de Dios y su experiencia en ese momento? En momentos de pruebas duras, ¿de qué modo afrontaste la lucha de fe en Dios?
A lo largo de Salmos, la respuesta constante a esta tensión es la esperanza y la promesa del justo juicio de Dios. El mal y la injusticia pueden mostrarse triunfantes por ahora, pero Dios juzgará a los malhechores y a los injustos. Serán castigados, mientras que aquellos a quienes han herido y oprimido serán restaurados y renovados.
En Reflections on the Psalms [Reflexiones sobre los Salmos], C. S. Lewis describe su sorpresa inicial ante la emoción y el anhelo por el juicio de Dios como se expresa repetidamente en Salmos. Al observar que muchos lectores actuales de la Biblia consideran que el juicio es algo temible, él analiza la perspectiva judía original y escribe: “Miles de personas que han sido despojadas de todo lo que poseen y que tienen toda la justicia de su lado, finalmente, serán escuchadas. Por supuesto que no tienen miedo al juicio. Saben que su caso es irrefutable, si al menos pudiera ser escuchado. Cuando Dios venga a juzgar, por fin oirá” (p. 11).
En Salmos, vemos esperanza para los oprimidos incluso ahora, incluso en medio de sus sufrimientos y decepciones actuales.
¿Qué razones tenemos para considerar que la idea de juicio es positiva y no algo que temer?

 

Espíritu de profecía

“Jehová será refugio del pobre, refugio para el tiempo de angustia. En ti confiarán los que conocen tu nombre, por cuanto tú, oh Jehová, no desamparaste a los que te buscaron” [Salmos 9:9, 10].

Dios nos manda que manifestemos hacia otros la compasión que él manifiesta hacia nosotros. Contemplen el impulsivo, el engreído y el vengativo al Ser humilde y manso llevado como cordero al matadero, mudo como la oveja ante los que la esquilan. Contemplen a Aquel a quien han traspasado nuestros pecados y abrumado nuestras penas, y aprenderán a soportar, tolerar y perdonar (La educación, p. 257).

El Señor obrará para purificar a su iglesia…

No puedo decir exactamente cuán pronto ha de comenzar este proceso refinador, pero no será diferido por mucho tiempo. Aquel cuyo aventador está en su mano limpiará su templo de su contaminación moral. Purificará cabalmente su estrado. Dios tiene un pleito con todos los que practican la menor injusticia porque al hacerlo ellos rechazan la autoridad de Dios y ponen en peligro sus intereses en la expiación, la redención que Cristo ha emprendido en favor de todo hijo e hija de Adán. ¿Valdrá la pena seguir una conducta que Dios aborrece? (Testimonios para los ministros, pp. 372, 373).

Los que manifiestan tan poco interés en lo que ha sido comprado con la sangre de Cristo recuerden que el Señor los tratará a ellos en la misma forma indiferente como trataron a sus prójimos en sus tribulaciones. Cada acto de injusticia, de robo y opresión está escrito en los libros del cielo. Todo aquel que se aprovecha de seres humanos que han sido formados a la imagen de Dios, está cooperando con el gran enemigo de Dios y del hombre, y recibirá por todas esas obras el doble de la mano de Dios. La obra de Satanás está siendo impulsada constantemente con terrible espíritu de venganza, y los hombres participan con los ángeles malvados en la tarea de lastimar y herir a los que forman parte del pueblo de Dios. El Señor lo ve todo, Él escucha los clamores de sus hijos (Alza tus ojos, p. 80).

En su trato con la raza humana, Dios sobrelleva con paciencia al impenitente. Usa a sus instrumentos designados para inducir a los hombres a que sean leales, y les ofrece su perdón pleno si se arrepienten. Pero como Dios es paciente, los hombres abusan de su misericordia. “Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer mal”. La paciencia y la magnanimidad de Dios, que debieran enternecer y subyugar el alma, tienen una influencia completamente distinta sobre los descuidados y pecaminosos. Los inducen a desechar las restricciones, y los hace más decididos en su resistencia. Piensan que Dios, que durante tanto tiempo los ha tolerado, no tendrá en cuenta su perversidad… Pero aunque se demore el castigo, no por eso es menos seguro. Hay límites aun para la tolerancia de Dios. Se puede llegar al límite de su paciencia, y entonces él castigará con toda seguridad (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 3, p. 1184).  

 

Lunes 22 de julio

“¡LEVÁNTATE, DIOS!”

Lee el Salmo 82. ¿Cuál es el mensaje para nosotros?
A pesar del orden y las reglas sociales dados por Dios, la nación israelita, en varias ocasiones en su historia, no cumplió con este plan. Fácilmente llegaron a ser como las naciones que los rodeaban, viviendo según un patrón de injusticia y opresión. Los dirigentes y los jueces solo se preocupaban por sí mismos, y su favor podía comprarse con sobornos. Sin tribunales que los protegieran, el común del pueblo, y especialmente los pobres, estaban sujetos a explotación.
El Salmo 82 es una respuesta a esa situación. Describe el papel de Dios como Juez Supremo y muestra una escena en la que él juzga a los dirigentes e incluso a los jueces del pueblo. Este salmo enfatiza que quienes desempeñan esos roles en la sociedad “son designados como jueces bajo su dirección” (PR 146). Ocupan su cargo y desempeñan su trabajo como representantes y subordinados de Dios. Según el salmista, la justicia de Dios es un modelo de cómo debería funcionar la justicia terrenal, y también proporciona el criterio con el que luego se juzgarán esa justicia y a los que la dispensan.
Este salmo concluye con un llamado específico a que Dios actúe (vers. 8) para intervenir y detener la injusticia que prevalece en la nación. Como muchos de los salmos, este le da voz a los que no tienen voz, a los oprimidos cuyas voces han sido silenciadas por los sistemas injustos en los que viven y trabajan.
El Salmo 82 hace un llamado a Dios en su función de Juez Supremo y Gobernante Soberano del universo y de todas las naciones. No existe un tribunal o autoridad superiores ante los que se pueda presentar esa apelación. La seguridad viene de que, aun cuando los tribunales terrenales no escuchan ni hacen valer el clamor de los pobres y los oprimidos, como suele ocurrir, todavía hay una oportunidad innegable de pedir ayuda.
En diferentes momentos de nuestra vida, podemos ser víctimas de la injusticia; pero, en otras ocasiones, podemos ser los que cometemos una injusticia o nos beneficiamos de ella. En pasajes como el Salmo 82, podemos encontrar discernimiento y sabiduría, seamos oprimidos u opresores. A Dios también le preocupan los jueces injustos: los describe como sus hijos y quiere que escojan vivir mejor (ver vers. 6). Por lo tanto, hay esperanza incluso para los que están del lado de la opresión, si desean cambiar.

 

Espíritu de profecía

Cristo ha pesado cada aflicción humana, cada dolor humano. Ha llevado el peso del yugo de cada alma que quiere llevar su yugo con él. Conoce los dolores que sentimos en lo profundo de nuestro ser, y que no podemos expresar. Si ningún corazón humano simpatiza con nosotros, no necesitamos sentir que quedamos sin simpatía. Cristo conoce, y dice: Miradme, y vivid “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. Mateo 11:28. He soportado vuestros pesares y llevado vuestros dolores. Encontráis la más profunda y rica simpatía en el tierno y compasivo amor de vuestro Pastor… Su humanidad no se pierde en el carácter exaltado de su omnipotencia. Anhela siempre derramar su simpatía y amor sobre sus escogidos, sobre quienes responden a su invitación (That I May Know Him, p. 51; parcialmente en A fin de conocerle, p. 52).

Todo lo que Dios requiere es simple confianza: arrojarse en sus brazos con toda su debilidad, su quebrantamiento y su imperfección, y Jesús ayudará al desamparado, y fortalecerá y edificará a los que están convencidos de que son la debilidad misma. Dios será glorificado en su aflicción, mediante la paciencia, la fe y la sumisión ejemplificadas por él. ¡Oh! Esta será la prueba del poder de la verdad que profesamos; es consuelo cuando lo necesitamos; es sostén cuando todo apoyo de naturaleza terrenal, concreto, ha desaparecido (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 90).

La verdadera grandeza y nobleza del hombre se mide por su poder de subyugar sus sentimientos, y no por el poder que tienen sus sentimientos de subyugarle a él. El hombre más fuerte es aquel que, aunque sensible al maltrato, refrena sin embargo la pasión y perdona a sus enemigos.

Dios nos ha dado fuerza intelectual y moral, pero en extenso grado, cada uno es arquitecto de su propio carácter. Cada día la estructura se acerca más a su terminación. La Palabra de Dios nos amonesta a prestar atención a cómo edificamos, a cuidar de que nuestro edificio esté fundado en la roca eterna. Se acerca el momento en que nuestra obra quedará revelada tal cual es. Ahora es el momento en que todos han de cultivar las facultades que Dios les ha dado y formar un carácter que los haga útiles aquí y alcanzar la vida superior más allá. 

 

La fe en Cristo como Salvador personal dará fuerza y solidez al carácter. Los que tienen verdadera fe en Cristo serán serios, recordando que el ojo de Dios los ve, que el Juez de todos los hombres pesa el valor moral, que los seres celestiales observan qué clase de carácter están desarrollando (Consejos para los maestros, p. 213).

 

Martes 23 de julio

LAS PROMESAS DE UN REY

Lee el Salmo 101. Aunque está escrito para dirigentes, ¿qué consejo importante podemos extraer de él, cualquiera sea nuestra situación en la vida?
El Salmo 101 es un pasaje para líderes. Se piensa que estos versículos fueron compuestos por David en los primeros días de su reinado como rey de Israel. Incluso pueden haber sido adaptados de los votos que hizo cuando asumió como rey. En sus experiencias como guerrero para Saúl, y luego como fugitivo, había constatado por sí mismo de qué forma un rey que pierde el rumbo puede perjudicar a la nación y a su propia familia. David determinó que iba a ser un líder diferente.
Pocos podríamos ser líderes políticos o personas influyentes a gran escala, pero todos desempeñamos roles en la vida en los que tenemos la oportunidad de influenciar a los demás. Podría ser en la vida laboral, la participación comunitaria, la familia o la iglesia. Como Elena de White comenta sobre uno de estos escenarios de liderazgo, “los votos de David, registrados en el Salmo 101, deben ser los votos de todos los que tienen la responsabilidad de custodiar las influencias del hogar” (CM 114).
Según tengamos oportunidad, debemos estar preparados para sugerir y confirmar estos principios a aquellos que ocupan puestos de liderazgo por encima de nosotros. Y todos, en nuestro liderazgo y lugares de influencia, tenemos la oportunidad de aplicar los principios de liderazgo de David, que nos ayudarán a ser una bendición para los demás.
El punto de partida para David es honrar a Dios por su misericordia y justicia (Sal. 101:1); esto se convirtió en el fundamento de todo lo que David procuró defender mediante su liderazgo. Buscó aprender y practicar estas mismas características en su vida y obra. Para esto, debió resistir las tentaciones de hacer mal las cosas, y de ser corrupto y deshonesto, que son trampas concretas para quienes ocupan puestos de poder y liderazgo.
Al saber cuán importantes eran los buenos consejeros para ayudarlo a hacer lo correcto, David se compromete a buscar asesores de confianza y nombrar funcionarios honestos. La justicia y la misericordia marcarían su liderazgo, incluso entre aquellos que trabajaron con él y para él.
Quizá no tengamos asesores ni funcionarios, pero ¿cómo podemos llenar nuestra vida con influencias que nos ayuden a vivir y a liderar –donde nos toque– con justicia y misericordia?

 

Espíritu de profecía

Cuanto más elevado sea el cargo que ocupe un hombre y mayor sea la responsabilidad que ha de llevar, más amplia será la influencia que ejerza y tanto más necesario será que confíe en Dios. Debe recordar siempre que juntamente con el llamamiento a trabajar le llega la invitación a andar con circunspección delante de sus semejantes. Debe conservar delante de Dios la actitud del que aprende. Los cargos no dan santidad de carácter. Honrando a Dios y obedeciendo sus mandamientos es como un hombre llega a ser realmente grande.

El Dios a quien servimos no hace acepción de personas. El que dio a Salomón el espíritu de sabio discernimiento está dispuesto a impartir la misma bendición a sus hijos hoy… Cuando el que lleva responsabilidad desee sabiduría más que riqueza, poder o fama, no quedará chasqueado. El tal aprenderá del gran Maestro no solo lo que debe hacer, sino también el modo de hacerlo para recibir la aprobación divina.

Mientras permanezca consagrado, el hombre a quien Dios dotó de discernimiento y capacidad no manifestará avidez por los cargos elevados ni procurará gobernar o dominar. Es necesario que haya hombres que lleven responsabilidad; pero en vez de contender por la supremacía, el verdadero conductor pedirá en oración un corazón comprensivo, para discernir entre el bien y el mal (Profetas y reyes, p. 21).

Cristo acepta y entra en comunión con los más humildes. Acepta a los hombres, no por sus capacidades o elocuencia, sino porque buscan su rostro y anhelan su ayuda. Su Espíritu, que obra en el corazón, impulsa toda facultad a una acción vigorosa. En esas personas modestas el Señor ve material sumamente precioso, que resistirá las tormentas y las tempestades, el calor y la presión…

Hay verdadero honor entre los que albergan el amor de Dios en sus corazones. El propósito de nuestra labor en favor del Maestro debería ser que su nombre fuera glorificado mediante la conversión de los pecadores. Los que trabajan para obtener aplausos no reciben la aprobación de Dios. El Señor espera que sus siervos obren por motivos diferentes (Cada día con Dios, p. 225).

Puedes ser fuerte para ejercer en otros una influencia santificadora. Puedes hallarte donde el interés de tu alma se despierte para hacer bien a otros, para consolar a los entristecidos, fortalecer a los débiles y dar tu testimonio por Cristo siempre que se presente la oportunidad. Ten por blanco honrar a Dios en todo, siempre y por doquiera. Entreteje tu religión en todo. Sé cabal en cuanto emprendas.

No has experimentado el poder salvador de Dios como es privilegio hacerlo, porque no has hecho del deseo de glorificar a Cristo el gran blanco de tu vida. Sea para gloria de Dios cada resolución que tomes, cada trabajo que emprendas, cada placer que disfrutes. Sea éste el lenguaje de tu corazón: Yo soy tuyo, oh Dios, para vivir por ti, trabajar para ti y sufrir por ti (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 236).

 

Miércoles 24 de julio

ANDAR CON EL SEÑOR

Al acercarnos al final del libro de Salmos, las exclamaciones de alabanza parecen ir in crescendo. Los últimos cinco salmos comienzan con un mandato sencillo y directo: “Alabad a Jehová”; sin embargo, el primero de ellos, el Salmo 146, hace un énfasis especial, como la razón principal de esa alabanza, en la preocupación de Dios por los pobres y los oprimidos.
Lee el Salmo 146. ¿Cuál es el mensaje para nosotros? ¿Qué nos dice Dios, especialmente, en los versículos 5 al 9?

Tan ciertamente como Dios es el Creador de este mundo (ver Sal. 146:6), este salmo describe el trabajo continuo de Dios en el mundo como Juez, Proveedor, Libertador, Sanador, Ayudador y Defensor: todo esto enfocado en personas que necesitan específicamente este tipo de ayuda. Es una visión inspiradora de lo que Dios hace, y busca hacer, en nuestra vida, en nuestra comunidad y en nuestro mundo.

A veces, pensamos que cuidar de los necesitados es algo que debemos hacer porque Dios lo dijo. Pero el Salmo 146 afirma que esto es algo que Dios ya hace, y se nos invita a unirnos a él. Cuando trabajamos contra la pobreza, la opresión y la enfermedad, en realidad estamos trabajando con Dios y para sus propósitos. ¿Qué mayor privilegio puede haber que asociarnos con Dios a fin de lograr algo tan inspirador como lo que declara el Salmo 146?

Además, también hay beneficios para nosotros. Los cristianos, a menudo, hablan sobre su búsqueda de Dios y su deseo de tener una relación más íntima con él. Sin embargo, hay pasajes como el Salmo 146:7 al 9, y muchos otros en toda la Biblia, que nos indican que una forma de encontrarnos con Dios es unirnos a lo que él hace. Por ende, si él trabaja para animar a los pobres, los enfermos y los oprimidos, como dice el Salmo 146, nosotros también deberíamos trabajar con él. “Cristo vino a esta Tierra para andar y obrar entre los pobres y sufrientes. Ellos recibieron su atención en mayor medida. Y hoy, en la persona de sus hijos, él visita a los pobres y menesterosos, disipando la desgracia y aliviando el sufrimiento.

“Suprímase el sufrimiento y la necesidad, y no tendríamos modo de comprender la misericordia y el amor de Dios, ni una forma de conocer al Padre celestial, lleno de compasión y simpatía. Nunca ostenta el evangelio un aspecto más hermoso que cuando se lo predica en las regiones más necesitadas y destituidas” (TI 7:215).
En tu experiencia, ¿de qué modo logramos tener una relación más íntima con Dios al servir a los demás?

 

Espíritu de profecía

He visto que aquellos que viven con un propósito, que procuran beneficiar y bendecir a sus semejantes y honrar y glorificar a su Redentor, son verdaderamente felices aquí en la tierra, mientras que el hombre que es inquieto, que está descontento, y que busca esto y prueba aquello, esperando encontrar felicidad, siempre se está quejando y está descontento. Siempre tiene necesidad, y nunca está satisfecho, porque vive solamente para sí mismo. Que sea vuestro deseo hacer el bien, y actuar fielmente en el desempeño de vuestra parte en la vida.

Encontrad tiempo para consolar a algún otro corazón, para alegrar con una palabra bondadosa y de alegría a alguien que esté batallando con la tentación, y posiblemente en aflicción. Al bendecir así a otros con palabras gozosas y llenas de esperanza, al señalarles al que lleva las cargas, seguramente encontraréis paz, felicidad y consolación para vosotros mismos (Nuestra elevada vocación, p. 66).

La persona que cree en Jesucristo como su Salvador personal debe ser un obrero colaborador suyo, ligado a su corazón de amor infinito, trabajando con él en acciones de abnegación y benevolencia. Aquel a quien Cristo ha revelado su gracia perdonadora practicará las obras de Cristo, manteniéndose unido a él. Dios llama a aquellos por quienes ha hecho un sacrificio infinito, para que tomen su posición como colaboradores suyos y promuevan el avance de la acción misericordiosa de su divina benevolencia.

Cristo se ha separado de la tierra, pero sus seguidores todavía quedan en el mundo. Su iglesia, constituida por los que le aman, debe ser en palabra y acción, en su amor desinteresado y benevolencia, una representación del amor de Cristo. Al practicar la abnegación y llevar la cruz han de ser el medio para implantar el principio del amor en el corazón de aquellos que no están relacionados con el Salvador por un conocimiento experimental (Ministerio de curación, p. 419).

Para que el hombre no perdiese los preciosos frutos de la práctica de la beneficencia, nuestro Redentor concibió el plan de hacerle su colaborador. Dios habría podido salvar a los pecadores sin la colaboración del hombre; pero sabía que el hombre no podría ser feliz sin desempeñar una parte en esta gran obra. Por un encadenamiento de circunstancias que invitan a practicar la caridad, otorga al hombre los mejores medios de cultivar la beneficencia y observar la costumbre de dar, ya sea a los pobres o para el adelantamiento de la causa de Dios. Las apremiantes necesidades de un mundo arruinado nos obligan a emplear en su favor nuestros talentos, dinero e influencia, para hacer conocer la verdad a los hombres y mujeres que sin ella perecerían. Al responder a sus pedidos con nuestros actos de beneficencia y nuestras labores, somos transformados a la imagen de Aquel que se hizo pobre para enriquecemos. Al dispensar a otros, los bendecimos; así es como atesoramos riquezas verdaderas (Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 203).

 

Jueves 25 de julio

PROVERBIOS: MISERICORDIA CON LOS NECESITADOS

Al ser una colección de dichos sabios, el libro de Proverbios aborda una amplia gama de temas y experiencias de vida. Entre ellas se encuentran reflexiones sobre la pobreza, la riqueza, el contentamiento, la justicia y la injusticia; en ocasiones desde diferentes ángulos. La vida no siempre es sencilla, y Proverbios nos alerta sobre las diferentes circunstancias y decisiones que influyen en el modo de vida, incluso entre quienes son fieles a Dios.
Lee y compara Proverbios 10:413:23 y 2514:3115:15 y 1619:15 y 17; y 30:7 al 9. Según estos textos, ¿qué es pertinente para la riqueza y la pobreza, y para ayudar a los necesitados?
Proverbios enfatiza la preocupación y la atención que Dios tiene por los pobres y vulnerables. A veces, la gente es pobre debido a las circunstancias, a sus malas decisiones o a la explotación, pero cualesquiera que sean las causas de su situación, el Señor todavía se considera su Creador (ver Prov. 22:2) y Defensor (ver 22:22, 23). No hay que oprimir ni aprovecharse de estas personas, independientemente de sus errores.
Si bien Proverbios afirma que elegir la sabiduría y obedecer a Dios llevan a una vida mejor, las riquezas no siempre son el resultado de la bendición de Dios. La fidelidad a Dios siempre es considerada más importante y, en última instancia, más gratificante que la ganancia material: “Más vale tener poco con justicia que ganar mucho con injusticia” (Prov. 16:8, NVI).
Otra preocupación en Proverbios es la honestidad y el trato justo en los negocios, el gobierno y la administración de justicia (ver Prov. 14:52516:11-1317:1520:2321:2828:14-16). Proverbios no solo se preocupa por la vida de la gente, sino además ofrece información sobre cómo la sociedad en su conjunto debería funcionar en beneficio de todos, en particular de aquellos que necesitan protección. Se nos recuerda nuevamente que, en el mejor de los casos, los que gobiernan y dirigen lo hacen con la ayuda de Dios (ver Prov. 8:1516), y deben actuar como agentes de su gracia y compasión hacia los necesitados.
Es fácil que alguien se sienta apenado por quienes pasan por situaciones malas. Sin embargo, ¿de qué forma podemos tomar ese sentimiento de tristeza y convertirlo en acción?

 

Espíritu de profecía

Bajo [las] escrutadoras palabras [el Bautista], sus oyentes quedaron convencidos. Vinieron a él preguntando: “¿Pues qué haremos?” Él contestó: “El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo”. Puso a los publicanos en guardia contra la injusticia, y a los soldados contra la violencia.

Todos los que se hacían súbditos del reino de Cristo, decía él, debían dar evidencia de fe y arrepentimiento. En su vida, debía notarse la bondad, la honradez y la fidelidad. Debían atender a los menesterosos, y presentar sus ofrendas a Dios. Debían proteger a los indefensos y dar un ejemplo de virtud y compasión. Así también los seguidores de Cristo darán evidencia del poder transformador del Espíritu Santo. En su vida diaria, se notará la justicia, la misericordia y el amor de Dios. De lo contrario, son como el tamo que se arroja al fuego (El Deseado de todas las gentes, p. 82).

El tiempo presente es un momento de solemne privilegio y sagrada confianza. Si los siervos de Dios cumplen fielmente el cometido a ellos confiado, grande será su recompensa… La ferviente labor, el trabajo abnegado, el esfuerzo paciente y perseverante, serán recompensados abundantemente. Jesús dirá: Ya no os llamo siervos, sino amigos. [ver Juan 15:15]. El Maestro no concede su aprobación por la magnitud de la obra hecha, sino por la fidelidad manifestada en todo lo que se ha hecho. No son los resultados que alcanzamos, sino los motivos por los cuales obramos, lo que más importa a Dios. Él aprecia sobre todo la bondad y la fidelidad.

Ruego a los heraldos del evangelio de Cristo que no se desanimen nunca, que nunca consideren al pecador más empedernido como fuera del alcance de la gracia de Dios. Uno que a nuestro parecer sea un caso desesperado puede aceptar la verdad por amor a ella. Aquel que torna los corazones de los hombres como se desvían las aguas, puede atraer a Cristo al alma más egoísta y empedernida en el pecado. ¿Hay algo demasiado difícil para Dios? “Mi palabra —declaró él— que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” Isaías 55:11.

Vuestra fe debe ser algo más de lo que ha sido, o seréis pesados en las balanzas y hallados faltos. En el último día, la decisión final del Juez de toda la tierra girará alrededor de nuestro interés por los necesitados, los oprimidos y los tentados, y nuestro trabajo práctico en su favor. No podéis pasarlos siempre por alto, y hallar vosotros mismos entrada en la ciudad de Dios como pecadores redimidos. “En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños —dice Cristo—, tampoco a mí lo hicisteis”. Mateo 25:45…

Reavívese el primer amor, el primer ardor. Buscad a aquellos que ahuyentasteis, vendad por la confesión las heridas que hicisteis. Acercaos al gran corazón de amor compasivo y dejad que la corriente de esa compasión divina fluya a vuestro corazón, y de vosotros a los corazones ajenos. Sea la ternura y misericordia que Jesús reveló en su preciosa vida un ejemplo de la manera en que nosotros debemos tratar a nuestros semejantes, especialmente a los que son nuestros hermanos en Cristo (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 576).

 

Viernes 26 de julio

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR

Lee “Los últimos años de David”, en Patriarcas y profetas, pp. 737-746.
“Los salmos de David pasan por toda la gama de la experiencia humana, desde las profundidades del sentimiento de culpabilidad y condenación de sí hasta la fe más sublime y la más exaltada comunión con Dios. El registro de su vida muestra que el pecado no puede traer sino vergüenza y aflicción, pero que el amor de Dios y su misericordia pueden alcanzar hasta las más hondas profundidades, que la fe elevará el alma arrepentida hasta hacerle compartir la adopción de los hijos de Dios. De todas las promesas que contiene su Palabra, es uno de los testimonios más poderosos en favor de la fidelidad, la justicia y la misericordia del pacto de Dios” (PP 745).
“A estos principios [los de Proverbios] está ligado el bienestar de la sociedad, tanto en las relaciones seculares como en las religiosas. Ellos son los que dan seguridad a la propiedad y la vida. Por todo lo que hace posible la confianza y la cooperación, el mundo es deudor a la Ley de Dios, según la da su Palabra y según se puede encontrar, aun en rasgos a menudo oscuros y casi borrados, en el corazón de los hombres” (Ed 136, 137).

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
1. ¿En qué sentido te considerarías un líder o en una persona en posición de influencia? ¿Cómo puedes ser un agente de justicia en ese aspecto de tu vida?
2. Piensa en la cultura y las estructuras sociales de donde vives. ¿De qué forma puedes trabajar dentro del sistema existente para mejorar la suerte de los necesitados?
3. ¿Por qué son tan importantes los principios de justicia y equidad para construir una sociedad fuerte?
4. Si bien el libro de Proverbios se centra en la sabiduría para vivir bien, ¿qué nos dice en cuanto a cómo es Dios?

Resumen: Salmos y Proverbios son dos libros especialmente adaptados a los desafíos de vivir fielmente en medio de las experiencias y pruebas comunes de la vida. Ambos ofrecen ideas sobre la visión de Dios para la sociedad, y su preocupación especial por los pobres y los oprimidos. El clamor de los Salmos y la sabiduría de Proverbios es que Dios sí se da cuenta de lo que sucede e intervendrá para proteger a los que, con demasiada frecuencia, son ignorados o explotados. Y si así es Dios, también nosotros deberíamos serlo.

 

 

Espíritu de profecía

 

Patriarcas y profetas, “Los últimos años de David”

 

LA     DERROTA     de     Absalón     no     trajo inmediatamente  la  paz  al  reino.  Era  tan  grande  la parte de la nación que se había unido a la rebelión, que  David no quiso  volver  a  la  capital  ni  reasumir su   autoridad   sin   que   las   tribus   le   invitasen   a hacerlo. En la confusión que siguió a la derrota de Absalón,  no  se  tomaron  providencias  inmediatas  y decididas para llamar al rey, y cuando al fin la tribu de  Judá  inició  el  plan  de  hacer  volver  a  David,  se despertaron  los  celos  de  las  otras  tribus,  y  como consecuencia se desató una contrarrevolución. Pero ésta  fue  rápidamente  sofocada,  y  la  paz  volvió  a reinar en Israel.  La  historia  de  David  ofrece  uno  de  los  más impresionantes  testimonios  que  jamás  se  hayan dado con respecto a los peligros con que amenazan al alma el poder, la riqueza y los honores, las cosas que más ansiosamente codician los hombres. Pocos son los que pasaron alguna vez por una experiencia mejor  adaptada  para  prepararlos  para  soportar  una prueba  semejante. 

 

La  juventud  de  David  como pastor,  con  sus  lecciones  de  humildad,  de  trabajo paciente  y  de  cuidado  tierno  por  los  rebaños,  la comunión  con  la  naturaleza  en  la  soledad  de  las colinas,  que  desarrolló  su  genio  para  la  música  y para la poesía, y dirigió sus pensamientos hacia su Creador;  la  prolongada  disciplina  de  su  vida  en  el desierto,  que  le  hacían  manifestar  valor,  fortaleza, paciencia y fe en Dios, habían sido cosas de las que el  Señor  se  valió  en  su  preparación  para  ocupar  el trono   de   Israel.   David   había   tenido   preciosas indicaciones   del   amor   de   Dios   y   había   sido abundantemente   dotado   de   su   Espíritu;   en   la historia  de  Saúl  había  visto  cuán  absolutamente inútil   es   la   sabiduría   meramente   humana.  

 

No obstante,  el  éxito  y  los  honores  mundanos  habían debilitado    tanto    el    carácter    de    David    que repetidamente fue vencido por el tentador.  Las    relaciones    con    los    pueblos    paganos provocaron   un   deseo   de   seguir   las   costumbres nacionales de éstos, y encendieron una ambición de grandeza  terrenal.  Como  pueblo  de  Jehová,  Israel había   de   recibir   honores;   pero   a   medida   que aumentaron   su   orgullo   y   confianza   en   sí,   los israelitas no se conformaron con esa preeminencia. Se preocupaban más por su posición entre las otras naciones.  Este  espíritu  no  podía  menos  que  atraer tentaciones.  Con  el  objeto  de  extender  sus  conquistas  entre las  naciones  extranjeras,  David  decidió  aumentar su  ejército  y  requerir  servicio  militar  de  todos  los que  tuviesen  edad  apropiada.  Para  llevar  a  cabo este  proyecto,  fue  necesario  hacer  un  censo  de  la población.  El  orgullo  y  la  ambición  fueron  lo  que motivó  esta  acción  del  rey. 

 

El  censo  del  pueblo revelaría  el  contraste  que  había  entre  la  debilidad del  reino  cuando  David  ascendió  al  trono  y  su fortaleza  y   prosperidad   bajo   su   gobierno.   Esto tendería   aún   más   a   fomentar   la   ya   excesiva confianza  en  sí  que  sentían  tanto  el  rey  como  el pueblo.  Las  Escrituras  dicen:  "Satanás  se  levantó contra  Israel,  e  incitó  a  David  a  que  contase  a Israel."  (Véase  1  Crónicas  21.)  La  prosperidad  de Israel  bajo  el  gobierno de  David  se debía  más  a  la bendición de Dios que a la habilidad de su rey o a la  fortaleza  de  su  ejército.  Pero  el  aumento  de  las fuerzas  militares  del  reino  daría  a  las  naciones vecinas  la  impresión  de  que  Israel  confiaba  en  sus ejércitos, y no en el poder de Jehová.  Aunque el pueblo de Israel sentía orgullo de su grandeza   nacional,   no   vio   con   buenos   ojos   el proyecto  de  David  de  extender  tanto  el  servicio militar.     La     leva     propuesta     causó     mucho descontento;  en  consecuencia  se  creyó  necesario emplear  los  oficiales  militares  en  lugar  de  los sacerdotes y magistrados que anteriormente habían tomado  el  censo.  El  objeto  de  esta  empresa  era directamente   contrario   a   los   principios   de   la teocracia.  Aun  Joab  protestó  a  pesar  de  que  hasta entonces se había mostrado tan sin escrúpulos. Dijo él  "Añada  Jehová  a  su  pueblo  cien  veces  otros tantos. Rey señor  mío,  ¿no  son  todos  estos  siervos de mi señor? ¿Para qué procura mi señor esto, que será  pernicioso  a  Israel?  Mas  el  mandamiento  del rey pudo más que Joab. Salió por tanto Joab, y fue por todo Israel; y volvió a Jerusalén."

 

Aun  no  se  había  terminado  el  censo,  cuando David se convenció de su pecado. Condenándose a sí  mismo,  dijo:  "He  pecado  gravemente  en  hacer esto:  ruégote  que  hagas  pasar  la  iniquidad  de  tu siervo, porque yo he hecho muy locamente."  A la mañana siguiente el profeta Gad le trajo a David un mensaje: "Así ha dicho Jehová: Escógete, o  tres  años  de  hambre  ,  o  de  ser  por  tres  meses deshecho delante de tus enemigos, y que la espada de  tus  adversarios  te  alcance;  o  por  tres  días  la espada de Jehová y pestilencia en la tierra, y que el ángel  de  Jehová  destruya  en  todo  el  término  de Israel: mira pues qué he de responder al que me ha enviado."  La   contestación   del   rey   fue:   "En   grande angustia  estoy: ruego  que  caiga  en  la  mano  de Jehová, porque sus miseraciones son muchas, y que no caiga yo en manos de hombres." (2 Sam. 24: 14)  La  tierra  fue  herida  por  una  pestilencia,  que destruyó   a   setenta   mil   personas   en   Israel.  

 

La pestilencia  no  había  llegado  a  la  capital  cuando "alzando  David  sus  ojos,  vio  al  ángel  de  Jehová, que  estaba  entre  el  cielo  y  la  tierra,  teniendo  una espada   desnuda   en   su   mano,   extendida   contra Jerusalén.   Entonces   David   y   los   ancianos   se postraron  sobre  sus  rostros,  cubiertos  de  sacos"  El rey imploró a Dios en favor de Israel: "¿No soy yo el que hizo contra el pueblo? Yo mismo soy el que pequé,  y  ciertamente  he  hecho  mal;  mas  estas ovejas,  ¿qué  han  hecho?  Jehová  Dios  mío,  sea ahora  tu  mano  contra  mí,  y  contra  la  casa  de  mi padre, y no haya plaga en tu pueblo."  La    realización    del    censo    había    causado desafecto    entre    el    pueblo;    pero    éste    había participado  de  los  mismos  pecados  que  motivaron la  acción de  David.  Así  como  el  Señor, por  medio del pecado de Absalón, trajo castigos sobre David, por  medio  del  error  de  David,  castigó  los  pecados de Israel.  El  ángel  exterminador  se  había  detenido  en  las inmediaciones  de  Jerusalén.  Estaba  en  el  monte Moria,   "en   la   era   de   Ornán   Jebuseo."  

 

Por indicación  del  profeta,  David  fue  a  la  montaña,  y edificó    allí    un    altar    a    Jehová,    "y    ofreció holocaustos   y   sacrificios   pacíficos,   e   invocó   a Jehová, el cual le respondió por fuego de los cielos en el altar del holocausto." "Y Jehová se aplacó con la tierra, y cesó la plaga de Israel." (2 Sam. 24: 25.)  El sitio en que se construyó el altar, que de allí en adelante había de considerarse como tierra santa para  siempre,  fue  obsequiado  al  rey  por  Ornán. Pero  el  rey  se  negó  a  recibirlo.  "No,  sino  que efectivamente  la  compraré  por  su  justo  precio: porque  no  tomaré  para  Jehová  lo  que  es  tuyo,  ni sacrificaré  holocausto  que  nada  me  cueste.  Y  dio David a Ornán por el lugar seiscientos siclos de oro por peso." Este sitio, ya memorable por ser el lugar donde   Abrahán   había   construido   el   altar   para ofrecer  a  su  hijo,  y  era  ahora  santificado  por  esta gran liberación,  fue posteriormente escogido  como el sitio donde Salomón erigió el templo.  Otra   sombra   aún   había   de   obscurecer   los últimos años de David. Había llegado a la edad de setenta  años.  Las  penurias  y  vicisitudes  de  su  vida errante  en  los  días  de  su  juventud,  sus  muchas guerras,  los  cuidados  y  las  tribulaciones  de  sus años    ulteriores,    habían    minado    su    vitalidad. Aunque conservaba su claridad y vigor mentales, la debilidad  y  la  edad,  con  el  consiguiente  deseo  de reclusión,  le  impedían  comprender  rápidamente  lo que  sucedía  en  el  reino,  y  nuevamente  surgió  la rebelión  a  la  sombra  misma  del  trono.  Otra  vez  se manifestó  el  fruto  de  la  complacencia  paternal  de David. 

El  que  ahora  aspiraba  al  trono  era  Adonía, hombre  "de  hermoso  parecer"  en  su  persona  y porte,   pero   sin   principios   de   ninguna   clase,   y temerario.  En  su  juventud  se  le  había  sometido  a muy  poca  restricción  y  disciplina;  pues  "su  padre nunca  lo  entristeció  en  todos  sus  días  con  decirle ¿Por  qué  haces  así?"  (Véase  1  Reyes  1.)  Ahora  se rebeló   contra   la   autoridad   de   Dios,   que   había designado a Salomón como sucesor de David en el trono.  Tanto  por  sus  dotes  naturales  como  por  su carácter religioso, Salomón estaba mejor capacitado que su hermano mayor para desempeñar el cargo de soberano de Israel; no obstante, aunque la elección de Dios había sido indicada claramente, Adonía  no  dejó  de  encontrar  adherentes. 

 

Joab, aunque  culpable  de  muchos  crímenes,  había  sido hasta entonces leal al trono; pero ahora se unió a la conspiración  contra  Salomón,  como  también  lo hizo Abiathar, el sacerdote.  La rebelión estaba madura; los conspiradores se habían  reunido  en  una  gran  fiesta  en  las  cercanías de  la  ciudad  para  proclamar  rey  a  Adonía,  cuando sus planes fueron frustrados por la rápida acción de unas  pocas  personas  fieles,  entre  las  cuales  las principales   eran   Sadoc,   el   sacerdote,   Natán,   el profeta,  y  Betsabé,  la  madre  de  Salomón.  Estas personas  presentaron  al  rey  cómo  iban  las  cosas  y le recordaron la instrucción divina de que Salomón debería   sucederle   en   el   trono.   David   abdicó inmediatamente en favor de Salomón, quien fue en seguida ungido y proclamado rey. La conspiración fue   aplastada.   Sus   principales   actores   habían incurrido  en  la  pena  de  muerte.  Se  le  perdonó  la vida  a  Abiathar,  por  respeto  a  su  cargo  y  a  su antigua  fidelidad  hacia  David;  pero  fue  destituido del puesto de sumo sacerdote, que pasó al linaje de Sadoc.  A  Joab  y  Adonía  se  les  perdonó  por  el momento,  pero  después  de  la  muerte  de  David sufrieron  la  pena  de  su  crimen. 

 

La  ejecución  de  la sentencia en la persona del hijo de David completó el castigo cuádruple que atestiguaba el aborrecimiento  en  que  Dios  tenía  el  pecado  del padre.  Desde  los  mismos  comienzos  del  reinado  de David, uno de sus planes favoritos había sido el de erigir un templo a Jehová. A pesar de que no se le había  permitido  llevar  a  cabo  este  propósito,  no había  dejado  de  manifestar  celo  y  fervor  por  esa idea.  Había  suplido  una  gran  abundancia  de  los materiales más costosos: oro, plata, piedras de ónix y  de  distintos  colores;  mármol  y  las  maderas  más preciosas.    Y    ahora    estos    tesoros    de    valor incalculable,   reunidos   por   David,   debían   ser entregados a otros; pues otras manos que las suyas iban  a  construir  la  casa para  el  arca,  símbolo de  la presencia de Dios.  Viendo  que  su  fin  se  acercaba,  el  rey  hizo llamar   a   los   príncipes   de   Israel   y   a   hombres representativos  de  todas  las  partes  del  reino,  para que    recibieran    este    legado    en    calidad    de depositarios.

 

Deseaba hacerles su última recomendación antes de morir y obtener su acuerdo y su apoyo en favor de esta gran obra que había de llevarse  a  cabo.  A  causa  de  su  debilidad  física,  no se había contado con que él asistiera personalmente a esta entrega; pero vino  sobre él la inspiración de Dios  y  con  aun  mayor  medida  de  fervor  y  poder que  de  costumbre  pudo  dirigirse  por  última  vez  a su  pueblo.  Le  expresó  su  deseo  de  construir  el templo y le manifestó el mandamiento del Señor de que la obra se encomendara a Salomón, su hijo. La promesa  divina  era: "Salomón  tu  hijo,  él  edificará mi casa y mis atrios. Porque a éste me he escogido por hijo, y yo  le  seré  a  él  por  padre.  Asimismo  yo confirmaré su reino para siempre, si él se esforzara a  poner  por  obra  mis  mandamientos  y  mis  juicios, como   aqueste   día."   "Ahora   pues   -dijo   David,- delante de los ojos de todo Israel, congregación de Jehová,  y  en  oídos  de  nuestro  Dios,  guardad  e inquirid  todos  los  preceptos  de  Jehová  vuestro Dios,  para  que  poseáis  la  buena  tierra,  y  la  dejéis por  heredad  a  vuestros  hijos,  después  de  vosotros perpetuamente." (Véase 1 Crónicas 28, 29.) 

 

David     había     aprendido     por     su     propia experiencia  cuán  duro  es  el  sendero  del  que  se aparta de Dios. Había sentido la condenación de la ley quebrantada, y había cosechado los frutos de la transgresión;   y   toda   su   alma   se   conmovía   de solicitud  y  ansia  de  que  los  jefes  de  Israel  fuesen leales  a  Dios  y  de  que  Salomón  obedeciese  la  ley de Dios y evitase los pecados que habían debilitándola  autoridad  de  su  padre,  amargado  su  vida  y deshonrado   a   Dios.  

 

David   sabía   que   Salomón necesitaría  humildad  de  corazón,  una  confianza constante  en  Dios,  y  una  vigilancia  incesante  para soportar    las    tentaciones    que    seguramente    le acecharían   en   su   elevada   posición;   pues   los personajes  eminentes  son  el  blanco  especial  de  las saetas  de  Satanás.  Volviéndose  hacia  su  hijo,  ya reconocido como quien debía sucederle en el trono, David le dijo: "Y tú, Salomón, hijo mío, conoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto, y con ánimo voluntario; porque Jehová escudriña los corazones de todos, y entiende toda imaginación de los pensamientos. Si tú le buscares, lo hallarás; mas si  lo  dejares,  él  te  desechará  para  siempre.  Mira, pues,  ahora  que  Jehová  te  ha  elegido  para  que edifiques casa para santuario: esfuérzate, y hazla." 

 

David  dio  a  Salomón  instrucciones  minuciosas para  la  construcción  del  templo,  con  modelos  de cada una de las partes, y de todos los instrumentos de  servicio,  tal  como  se  los  había  revelado  la inspiración  divina.  Salomón  era  todavía  joven  y habría preferido rehuir las pesadas responsabilidades que le incumbirían en la erección del  templo  y  en  el  gobierno  del  pueblo  de  Dios.

 

David  dijo  a  su  hijo:  "Anímate  y  esfuérzate,  y ponlo  por  obra;  no  temas,  ni  desmayes,  porque  el Dios Jehová, mi Dios, será contigo: él no te dejará ni te desamparará."  Nuevamente David se volvió a la congregación y le dijo "A solo Salomón mi hijo ha elegido Dios; él  es  joven  y  tierno,  y  la  obra  grande;  porque  la casa no es para hombre, sino para Jehová Dios." Y continuó   diciendo:   "Yo   empero   con   todas   mis fuerzas  he  preparado  para  la  casa  de  mi  Dios,"  y procedió   a   enumerar   los   materiales   que   había reunido. 

 

Además  dijo:  "A  más  de  esto,  por  cuanto tengo mi gusto en la casa de mi Dios, yo guardo en mi  tesoro  particular  oro  y  plata  que,  además  de todas  las  cosas  que  he  aprestado  para  la  casa  del santuario, he dado para la casa de mi Dios; a saber, tres mil talentos de oro, de oro de Ophir, y siete mil talentos de plata afinada para cubrir las paredes de las casas." Y preguntó a la congregación que había traído  sus  ofrendas  voluntarias:   "¿Quién  quiere hacer hoy ofrenda a Jehová?"  La  asamblea  respondió  con  buena  voluntad. "Entonces   los   príncipes   de   las   familias,   y   los príncipes   de   las   tribus   de   Israel,   tribunos   y centuriones,    con    los    superintendentes    de    la hacienda  del  rey,  ofrecieron  de  su  voluntad;  y dieron para el servicio de la casa de Dios cinco mil talentos  de  oro  y  diez  mil  sueldos,  y  diez  mil talentos de plata, y dieciocho mil talentos de metal, y  cinco  mil  talentos  de  hierro.  Y  todo  el  que  se halló con piedras preciosas, diólas para el tesoro de la casa de Jehová. . . y holgóse el pueblo de haber contribuido  de   su   voluntad;  porque   con   entero corazón ofrecieron a Jehová voluntariamente. 

 

"Asimismo  holgóse  mucho  el  rey  David,  y bendijo a Jehová delante de toda la congregación; y dijo  David:  Bendito  seas  tú,  oh  Jehová,  Dios  de Israel  nuestro  padre,  de  uno  a  otro  siglo.  Tuya  es, oh Jehová, la magnificencia, y el poder, y la gloria, la  victoria,  y  el  honor;  porque  todas  las  cosas  que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová,  es  el  reino,  y  la  altura  sobre  todos  los  que están  por  cabeza.  Las  riquezas  y  la  gloria  están delante  de  ti,  y  tú  señoreas  a  todos:  y  en  tu  mano está  la  potencia  y  la  fortaleza,  y  en  tu  mano  la grandeza y fuerza de todas las cosas. 

"Ahora    pues,    Dios    nuestro,    nosotros    te confesamos,  y  loamos  tu  glorioso  nombre.  Porque ¿quién  soy  yo,  y  quién  es  mi  pueblo,  para  que pudiésemos   ofrecer   de   nuestra   voluntad   cosa semejante? porque todo es tuyo, y lo recibido de tu mano  te  damos.  Porque  nosotros,  extranjeros  y advenedizos   somos   delante   de   ti,   como   todos nuestros padres; y nuestros días cual sombra sobre la tierra, y no dan espera. Oh Jehová Dios nuestro, toda  esta  abundancia  que  hemos  aprestado  para edificar  casa  a  tu  santo  nombre,  de  tu  mano  es,  y todo  es  tuyo. 

 

Yo  sé,  Dios  mío,  que  tú  escudriñas los  corazones,  y  que  la  rectitud  te  agrada:  por  eso yo  con  rectitud  de  mi  corazón  voluntariamente  te he  ofrecido  todo  esto,  y  ahora  he  visto  con  alegría que  tu  pueblo,  que  aquí  se  ha  hallado  ahora,  ha dado para ti espontáneamente.  "Jehová,  Dios  de  Abraham,  de  Isaac,  y  de Israel,   nuestros   padres,   conserva   perpetuamente esta voluntad del corazón de tu pueblo, y encamina su  corazón  a  ti.  Asimismo  da  a  mi  hijo  Salomón corazón perfecto, para que guarde tus mandamientos,  tus  testimonios  y  tus  estatutos,  y para que haga todas las cosas, y te edifique la casa para  la  cual  yo  he  hecho  el  apresto. 

 

"Después  dijo David  a  toda  la  congregación: Bendecid  ahora  a Jehová vuestro Dios. Entonces toda la congregación bendijo a Jehová Dios de sus padres, e  inclinándose  adoraron  delante  de  Jehová,  y  del rey."  Con   el   interés   más   profundo   el   rey   había reunido   aquellos   preciosos   materiales   para   la construcción y para el embellecimiento del templo. Había  compuesto  los  himnos  gloriosos  que  en  los años  venideros  habrían  de  resonar  por  sus  atrios. Ahora  su  corazón  se  regocijaba  en  Dios,  al  ver como  los  principales  de  los  padres  y  los  caudillos de Israel respondían tan noblemente a su solicitud, y se ofrecían para llevar  a  cabo  la obra importante que  los  esperaba.  Y  mientras  daban  su  servicio, estaban   dispuestos   a   hacer   más.  

 

Añadieron   al tesoro más ofrendas de su propio caudal.  David   había   sentido   hondamente   su   propia indignidad  para  reunir  el  material  destinado  a  la

casa  de  Dios,  y  le  llenaba  de  gozo  la  expresión  de lealtad  que  había  en  la  pronta  respuesta  de  los nobles  de  su reino, cuando con  corazones  solícitos ofrecieron sus tesoros a Jehová, y se dedicaron a su servicio. Pero sólo Dios era el que había impartido esa  disposición  a  su  pueblo.  Sólo  él,  y  no  el hombre,  debía  ser  glorificado.  Era  él  quien  había provisto al pueblo con las riquezas de la tierra, y su Espíritu  les  había  dado  buena  voluntad  para  traer sus  cosas  preciosas  en  beneficio  del  templo.  Todo era del  Señor, y  si  su  amor  no hubiese  movido los corazones del pueblo, los esfuerzos del rey habrían sido en vano y el templo no se habría construido.  Todo  lo  que  el  hombre  recibe  de  la  bondad  de Dios  sigue  perteneciendo  al  Señor. 

 

Todo  lo  que Dios ha otorgado, en las cosas valiosas y bellas dela   tierra,   ha   sido  puesto  en   las  manos  de   los hombres     para     probarlos,     para     sondear     la profundidad  de  su  amor  hacia  él  y  del  aprecio  en que  tienen  sus  favores.  Ya  se  trate  de  tesoros  o  de dones   del   intelecto,   han   de   depositarse   como ofrenda voluntaria a los pies de Jesús y el dador ha de decir como David: "Todo es tuyo, y lo recibido de tu mano te damos."  Aun  cuando  sintió  que  se  acercaba  su  muerte, siguió  preocupándose  David  por  Salomón  y  el reino de Israel, cuya prosperidad iba a depender en gran  manera  de  la  fidelidad  de  su  rey.  Entonces "mandó  a  Salomón  su  hijo,  diciendo:  Yo  voy  el camino  de  toda  la  tierra:  esfuérzate,  y  sé  varón. Guarda  la  ordenanza  de  Jehová  tu  Dios,  andando en   sus   caminos,   y   observando   sus   estatutos   y mandamientos, y sus derechos y sus testimonios...  para que seas dichoso en todo lo que hicieres, y en todo  aquello  a  que  te  tornares;  para  que  confirme Jehová  la  palabra  que  me  habló,  diciendo:  Si  tus hijos  guardaren  su  camino,  andando  delante  de  mí con verdad, de todo su corazón, y de toda su alma, jamás,  dice,  faltará  a  ti  varón  del  trono  de  Israel." (1 Rey. 2: 14) 

 

Las  "postreras  palabras"  de  David  que  hayan sido  registradas,  constituyen  un  canto  que  expresa confianza, principios elevados y fe imperecedera:  "Dijo  David  hijo  de  Isaí,  Dijo  aquel  varón  que fue  levantado  alto,  el  ungido del  Dios  de  Jacob,  el suave  en  cánticos  de  Israel:  El  Espíritu  de  Jehová ha hablado por mí,... El señoreador de los hombres será justo, señoreador en temor de Dios, será como la  luz  de  la  mañana  cuando  sale  el  sol,  de  la mañana  sin  nubes;  cuando  la  hierba  de  la  tierra brota por medio del resplandor después de la lluvia. No  así  mi  casa  para  con  Dios:  Sin  embargo  él  ha hecho conmigo pacto perpetuo, Ordenado en todas las  cosas,  y  será  guardado;  bien  que  toda  esta  mi salud,  y  todo  mi  deseo  no  lo  haga  él  florecer todavía."  (2  Sam.  23:  1-5.)  Grande  había  sido  la caída de David; y profundo fue su arrepentimiento; ardiente su amor, y enérgica su fe. Mucho le había sido   perdonado,   y   por   consiguiente   él   amaba mucho. (Luc 7: 47) 

 

 

Los salmos de David pasan por toda la gama de la experiencia humana, desde las profundidades del sentimiento  de  culpabilidad  y  condenación  de  sí hasta   la   fe   más   sublime   y   la   más   exaltada comunión con Dios. La historia de su vida muestra que  el  pecado  no  puede  traer  sino  vergüenza  y aflicción,   pero   que   el   amor   de   Dios   y   su misericordia pueden alcanzar hasta las más hondas profundidades,    que    la    fe    elevará    el    alma arrepentida  hasta  hacerle  compartir  la  adopción  de los  hijos  de  Dios.  De  todas  las  promesas  que contiene su Palabra, es uno de los testimonios más poderosos  en  favor  de  la  fidelidad,  la  justicia  y  la misericordia del pacto de Dios.  El   hombre   "huye   como   la   sombra,   y   no permanece,"   "más   la   palabra   del   Dios   nuestro permanece   para   siempre."   "La   misericordia   de Jehová desde el siglo hasta el siglo sobre los que le temen,  y  su  justicia  sobre  los  hijos  de  los  hijos; sobre  los  que  guardan  su  pacto,  y  los  que  se acuerdan  de  sus  mandamientos  para  ponerlos  por obra." 

 

"He  entendido  que  todo  lo  que  Dios  hace, eso será perpetuo."  (Job  14:  2;  Isa  40: 8;  Sal.  103: 17, 18; Ecl 3: 14)  Grandes y gloriosas fueron las promesas hechas a  David y  a  su  casa.  Eran promesas  que  señalaban hacia   el   futuro,   hacia   las   edades   eternas,   y encontraron  la  plenitud  de  su  cumplimiento  en Cristo. El Señor declaró: "Juré a David mi siervo, diciendo: . . . Mi mano será firme con él, mi brazo también lo fortificará.... Y  mi  verdad  y  mi  misericordia  serán  con  él;  y  en mi  nombre  será  ensalzado  su  cuerno.  Asimismo pondré su mano en la mar, y en los ríos su diestra. El me llamará: Mi padre eres tú, mi Dios, y la roca de    mi    salud.  

 

Yo    también    le    pondré    por primogénito,  alto  sobre  los  reyes  de  la  tierra.  Para siempre le conservaré mi misericordia; y mi alianza será  firme   con  él.   Y   pondré  su  simiente   para siempre,  y  su  trono  como  los  días  de  los  cielos." (Sal. 89: 3, 21- 29.)  "Juzgará  los  afligidos  del  pueblo,  salvará  los hijos  del  menesteroso,  y  quebrantará  al  violento. Temerte  han  mientras  duren  el  sol  y  la  luna,  por generación  de  generaciones.  .  .  .  Florecerá  en  sus días  justicia, y  muchedumbre  de paz,  hasta  que no haya luna. Y dominará de mar a mar, y desde el río hasta  los  cabos  de  la  tierra.  .  .  .  Será  su  nombre para  siempre,  Perpetuaráse  su  nombre  mientras  el sol  dure:  Y  benditas  serán  en  él  todas  las  gentes: Llamarlo han bienaventurado." (Sal. 72: 4-8, 17.) 

 

 

"Porque  un  niño  nos  es  nacido,  hijo  nos  es dado; y el principado sobre su hombro: y llamaráse su   nombre   Admirable,   Consejero,   Dios   fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz." "Este será grande, y será  llamado  Hijo  del  Altísimo:  y  le  dará  el  Señor Dios  el  trono  de  David  su  padre:  y  reinará  en  la casa  de  Jacob  por  siempre;  y  de  su  reino  no  habrá fin." (Isa. 9: 6; Luc. 1: 32, 33) 

 

agradecimientos a las  Flias. García - Sarabia

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Comentarios de Jonathan Gallagher
Jonathan Gallagher es un ministro ordenado de la Iglesia Adventista trabajó por siete años en una iglesia en Inglaterra –su tierra natal–, seguidos por ocho años de administración eclesiástica. Cuenta con un doctorado en divinidad de la Universidad de St. Andrews en Escocia y es autor de siete libros y numerosos artículos. Está casado con Ana Gonçalves y tiene dos hijos adultos, Paul y Rebekah
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